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viernes, 12 de febrero de 2021

Relojero inolvidable de mi pueblo

 Marino Vinicio Castillo Rodríguez

Santo Domingo, RD

Leónidas, sí, pe­ro de las Ter­mópilas, no de San Cristóbal. Así respondía en voz baja a quien pre­guntaba, siempre que fue­ra de su confianza.


Su talante era encanta­dor. Tenía respuesta para to­do; requería paciencia verle trabajar sin descanso en su “estudio”. Así llamaba a su humilde cuartito taller.


Destilaba sabiduría po­pular de rasgos griegos dis­tantes, cuando su oxidada lupa invadía el prodigio suizo a reparar.


Me llega el recuerdo de sus comentarios sobre te­mas perpetuos. Leónidas, sin quitar el ojo del labe­rinto del prodigio suizo, dictaba una especie de cá­tedra solemne.


“Vincho, están aquí des­de hace tiempo los extrate­rrestres”. “Son más avan­zados”; “nos estudian”; “quieren saber si somos ca­paces de enmienda.” “De­testan nuestros odios y pa­siones”; “esperan la orden de meternos en cintura”; “tienen poder para hacer­lo, ya está bueno, merece­mos el castigo”.


Así se internaba en me­ditaciones, tan razonadas, que nadie reprochaba su inocencia.


Era yo entonces un joven abogado en mi pueblo; me alegraban los percances de mi Bulova, sólo para oír las ocurrencias de aquel ser tan sencillo y honrado. Sin nin­guna sospecha alarmante de demencia.


No sólo era yo, otros pro­fesionales se divertían, lue­go, con las cosas de Leó­nidas, el relojero. Era la década de los cincuenta y entre los de su confianza, decía: “Cuídense de este tiempo peligroso”; “el man­do está más loco que nun­ca”; “esos sicarios de los Cepillos no saben lo que le espera a esa mente enfer­ma”; “en ella vive la cruel­dad y aquella gente lo sabe y le está siguiendo de cerca, los extraterrestres.”


Leónidas, le decía, no le quites tareas a Cristo, que está por volver. Y respon­día. “Esto es complicado.” “No se sabe quién está de­trás de los visitantes”; “no dudes que sean infantería avanzada.”


Dejé de verle cuando salí del pueblo Y sólo a ratos sa­bía de él. La Corte de Ape­lación quedaba en una vieja casona, vecina a su “estu­dio” y aprovechaba los rece­sos para preguntarle; ¿Por dónde va tu gente, Leóni­das? Y respondía: “Cálla­te Vincho, que ahora es que eso es fuerte.”


Sesenta y siete años des­pués, pienso en mi amigo y al oir y ver en tv tantos testi­monios de Ovnis, me imagi­no lo que fueran sus creen­cias, de haber vivido.


Pero debo decir que mi amigo relojero era intere­sante también por sus pecu­liares creencias sobre otros temas. Leonidas tenía opi­nión. Un día me planteó: “Vincho, te quiero decir que lo mejor es no tener nada, o que sea tan poco que el Ayuntamiento se encargue del entierro”. “Al velorio irá parte de la familia; de los otros, los amigos, mejor es no hablar”. “Pero, si tienes fortuna, velándote puede llegar el alguacil con la de­manda en partición”. “Y ríe­te el rebú entre hermanos, padres e hijos”. “Según sea el difunto, será la disputa”. “Mejor es el Ayuntamien­to, porque ahí habrá paz y compasión si algún peón te recuerda.”


Leónidas, le contesté, en premio a lo que crees, te voy a hablar de esto: Napo­león Bonaparte fue Empe­rador de Francia. Un genio de la guerra, pero también la dotó de un Código Ci­vil que fue guía de medio mundo. Otra de sus glorias. Entre batallas y conquistas se apersonaba a las reunio­nes de los jurisconsultos y allí opinaba, según su ge­nio. No era un simple ob­servador. Un día le dieron a leer el proyecto de los artí­culos relativos a Sucesiones y Donaciones y se molestó, exclamando: “¿Quien fue el loco que escribió esto? ¡No he visto jamás algo tan oscuro e incomprensible!. ¡Háganlo llegar a mi pre­sencia!”


Era alguien tenido como excéntrico; un tanto aloca­do, pero de grandes luces, que había preparado mo­delos personales del Código Civil. Los jurisconsultos sin­tieron algún respeto compa­sivo y le concedieron que re­dactara el proyecto de esos artículos. Una vez en pre­sencia del Emperador, después de soportar el chapa­rrón de su inconformidad por lo oscuro de su proyec­to, Cambaceres, tal era su nombre, le contestó: “Ma­jestad, sois un conquistador de pueblos; reconocéis el alma de todos los soldados para gloria de Francia; más, os digo, que para conocer el alma del hombre es necesa­rio ponerlo a partir y repar­tir bienes indivisos. Eso que he entregado es lo más sim­ple que se puede hacer fren­te a la codicia.”


El Emperador quedó convencido y esa, mejora­da, pasó a ser legislación de muchas naciones, entre ellas la nuestra.


Tú tienes razón, Leóni­das, es preferible la caridad municipal para el entierro.


No sé cómo reprodujo después mi relato, claro es­tá, sin dar la fuente, porque era muy digno y prudente al opinar y todo lo asumía co­mo propio.


No quiero evadirme de su atención sin decirles que fue de labios del amigo desde donde oí el anticipo más premonitorio del fe­minismo, que entonces era tema tabú. Me dijo: “Vin­cho, veo con preocupación a algunas muchachas hi­jas de gente seria con unos pantalones muy apreta­dos.” “No me gusta”. “Las mujeres a sus faldas.” “Eso va a ser una fuente de pro­vocaciones y tú veras que esa bestia que es el hom­bre las va a matar por sus celos salvajes.” “La misión de la mujer es otra.” “Parir al mundo, eso es cosa de Dios.” “Déjele la guerra y la violencia al otro, que él, yo te digo que está vigilan­do la gente aquella.”


Hoy, cada vez que me entero de un feminicidio, pienso en Leónidas, el re­lojero filósofo y moralista, que Dios guarda en su san­to seno.


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