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lunes, 22 de febrero de 2021

Cuando el deseo de estudiar puede más que la pobreza

 Rosmery Méndez Vargas

Santo Domingo, RD

Todos los días es la misma rutina, levantarse de un colchón pequeño viejo y desgastado en el que duermen juntos, se desayunan con lo que se consigue ese día y se preparan para ir donde un “amiguito” a estudiar, muestra de que el deseo de aprender ha podido más que la pobreza en la que viven sumergidos los hermanitos Ángel y Edwin Brand.

Ellos no cuentan con un aparato electrónico para hacer las tareas y mucho menos pensar en tener internet para realizar las mismas, además la señal telefónica es muy limitada en el kilómetro 35 de la carretera del municipio Yamasá, provincia Monte Plata, donde residen.


En un pequeño cuarto que comparten con otra hermana más pequeña y su madre, hay apenas un televisor viejo de unas 10 pulgadas que reposa arriba de una nevera oxidada y funciona más como un radio, porque las imágenes se pierden en la pantalla.


Ángel, quien cursa el cuarto de primaria, y Edwin el tercero, son la cara de la realidad que representa estudiar de manera virtual en medio de una pandemia, ambos hermanos se levantan cada día dispuestos a aprender algo nuevo, pero para lograrlo enfrentan nuevos retos que se suman a la precariedad en la que viven. Su madre Andreína Brand, explica que los niños no ven la clase en la televisión porque “son muy avanzadas” y la maestra prefiere enviárselas por WhatsApp para que vayan al mismo ritmo y una vez a la semana se dirigen a la escuela para que se las revisen.


“Ellos la copian y después se la llevan a la profesora, es que, como le digo (…) las clases en la televisión son muy avanzadas y ellos no las entienden”. 


Dariely, su hermanita de apenas 5 años, vive ajena a la situación. Ella no está yendo a la escuela. Cuando comenzó la pandemia, por su edad, estudiaba en un pequeño colegio improvisado que hay en la comunidad pero desde marzo del pasado año este cerró sus puertas. 


Era mediodía cuando los reporteros del LISTÍN DIARIO llegaron a la casa de Andreina, por lo que Ángel ni Edwin habían llegado de estudiar, solo se encontraba la pequeña, que jugaba con una prima sin importar el polvo y lodo de la calle sin asfaltar. Andreína, con evidente timidez por la presencia de los periodistas, hablaba poco por temor a equivocarse y sonreía a carcajadas cada vez que respondía las preguntas.


Para sobrevivir, Andreína cuida algunos niños cuando sus vecinas lo necesitan, limpia casas y lava ropa, pero lo que gana, a duras penas le alcanza para poner comida en la boca de sus tres vástagos. Para ella sería un “lujo” comprarles teléfonos inteligentes a sus hijos, cambiar su televisor o poner internet para que estudien.


Como si fuera poco, tener un baño donde hacer sus necesidades no es algo con lo que cuentan, se bañan en una especie de “baño comunitario”, porque además de que deben caminar unos metros para usarlo, no es de ellos, y es utilizado por varias familias, algo común en esta localidad. 


La madre cuenta que uno de los niños no tiene acta de nacimiento, lo que a la pregunta de cómo el niño estudia bajo esas circunstancias, responde que en el curso que está es “bajito y todavía puede estudiar así”.


Dice que ella dio a luz en la maternidad de Los Mina y que el “papel” que le entregaron al momento del nacimiento se le extravió, razón por la que no pudo declararlo. Para poder expedir la documentación al niño, por el tiempo ya transcurrido desde el nacimiento, la madre tiene que hacer un proceso de “declaración tardía” que ella no sabe cómo iniciar, además de los gastos para los traslados a Santo Domingo en que tendría que incurrir


Un hermano de Andreína la ayuda “con lo que puede” de vez en cuando, ya que tampoco vive en buenas condiciones. 


Aunque también son de escasos recursos, los vecinos de Andreína la ayudan cuando pueden ya que el padre de sus dos hijos mayores no se hace cargo de ellos y el de la más pequeña, aunque está presente, no es mucho lo que puede ofrecer.


CLAVES


La casita.


“Yo estoy tratando de arreglar mi casita, para vivir mejor, porque esta es de una prima que me la prestó”, cuenta Andreína.


Al lado de la casa donde viven, hay otra vivienda, levantada con retazos de zinc podrido y madera rota, lugar que asegura está arreglando poco a poco para vivir. Ella considera un hogar mejor junto a sus hijos.


Guarda la esperanza de un día cambiar sus condiciones precarias actuales y dar una mejor vida a sus vástagos.



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