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lunes, 4 de enero de 2021

Economía, pandemia y elecciones en EEUU

 Ruddy Santana

Santo Domingo, RD

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“Creo que el Covid es un regalo de Dios  para la izquierda…¡Que gran regalo!, ¡Que tremenda oportunidad! […] solo tenemos que usarla con cada onza de inteligencia, coraje  y medios que tengamos.”  Jane Fonda


No resulta descabellado afirmar que antes de la aparición del Covid-19 en los EEUU la reelección de Trump era una apuesta bastante segura. Por un lado, hasta marzo del 2019 la economía creció 128 meses consecutivos (record superior a los 120 bajo Clinton) y para febrero del 2020 la tasa de desempleo general había descendido a 3.5% (pleno empleo), alcanzando para negros e hispanos niveles records de 6.6% y 4.4% respectivamente.


En la esfera política, el partido republicano y una porción significativa de la coalición que llevó a Trump al poder continuaban apoyándole. Las razones no eran difíciles de discernir. Mientras Trump se adjudicaba el bienestar económico del país, la oposición demócrata se auto consumía en un obsesivo empeño en demostrar que Trump había llegado a la presidencia por intervención de Rusia. A la postre el reporte final de Robert Muller, el encargado de la investigación sobre el tema, mostró que la acusación demócrata no tenía bases. A esto debemos agregar la derrota demócrata del 4 de febrero del 2020 al no prosperar el juicio político al presidente que impusieron. Para Trump estos eventos constituyeron reivindicaciones y victorias políticas enormes.


A estos triunfos se unieron otros más que fueron a la vez percibidos por las base republicana como cumplimiento de promesas electorales: en el tema de la inmigración ilegal; en la construcción del muro; en la adición de dos jueces conservadores a la Suprema Corte, (Neil Gorsuch and Brett Kavanaugh) y muchos otros a las cortes federales; en las políticas frente al cambio climático (abandono del Acuerdo de París); en la eliminación de innumerables regulaciones federales a las actividades productivas; en la reducción de las acciones bélicas en otros países y la clara intención de salir de Afganistán (poner fin a “las guerras interminables”); en la relación económica con Europa; en la renegociación del acuerdo comercial con México y Canadá, y sobre todo, en la confrontación económica agresiva con China. Esto último es de particular importancia, ya que su aceptación en la prensa, en sectores del mundo corporativo y en la población obligó a los demócratas a asumir también como suyo este cambio introducido por Trump en las relaciones económicas externas.


 A pesar de todos estos vientos a su favor, Trump perdió las elecciones. La primera causa aparente de ese resultado parece ser su desastroso manejo de la pandemia, convertido en pieza clave de la campaña demócrata. Sin embargo, sostenemos que esa explicación es incompleta. Escondidas tras el boom del crecimiento y del empleo (ambos considerados en cifras agregadas) se vislumbran las consecuencias desastrosas, para los estados claves de su victoria del 2016, de los fracasos de la reversión de la desindustrialización, del prometido retorno de los empleos perdidos por ella y de la guerra comercial. La pandemia empeoró este deterioro económico en curso hundiendo a toda la economía con contadas excepciones. Entre marzo y abril la economía perdió 22.2 millones de empleos, recuperando solo 12.4 millones de ellos para la fecha de las elecciones. El Fondo Monetario proyecta una contracción de -8% para los EEUU en 2020. La garantía de triunfo en las elecciones para Trump se consumió en una vorágine económica veloz e imprevista.


LA PANDEMIA AGUAFIESTAS

El primer desacierto en el manejo de la pandemia fue de orden técnico-institucional, no político. En efecto, en el artículo publicado por el New York Times el 28 de marzo pasado titulado “The Lost Month: How a Failure to Test Blinded the U.S. to Covid-19”, se explica que los chinos habían compartido con los EEUU la secuencia genética del Covid-19 el 6 de enero del 2020, y que para el 20 de ese mes ya los norteamericanos habían desarrollado un test. Sin embargo, debido a deficiencias en el test inicialmente desarrollado, en los EEUU no se empezó a testear por el Covid-19 cuando se debía, entre finales de enero y principios de marzo, lo cual permitió que la epidemia se expandiese de manera explosiva. Como no se había distribuido el test del Covid-19 en los estados, los encargados de salud locales no podían utilizar una herramienta epidemiológica importante conocida como prueba de vigilancia. Ello consiste en que, a fin de ver donde se estaba escondiendo el virus, los hisopos con muestras nasales destinadas a diagnosticar la gripe común también se hubiesen chequeado por Covid-19. Todo esto implicó que se perdió la oportunidad de contener el virus, en consecuencia la caja de herramientas epidemiológica cambió. Lo que procedía era encierro, disrupción social y tratamiento intensivo con la finalidad de mitigar el daño.


Pero esto último hizo entrar en pánico a Trump y a su administración, ya que ello implicaba que lo percibido como garante de la reelección, la pujanza de la economía, podría desaparecer e incluso generarse una recesión a solo ocho meses de las elecciones. Tratando de amortiguar el enorme golpe a su reelección que se veía venir, Trump inició una serie de maniobras que, aparte de irresponsables, oscilaron entre lo absurdo y lo patético. Primero, con la esperanza de que la pandemia pasaría rápido,  el virus fue trivializado y reducido a una simple gripecita; luego fue políticamente instrumentalizado (el virus chino); más adelante Trump convirtió las ruedas de prensa sobre la pandemia en espacios de campaña política en los que contradecía a sus asesores de salud; luego vino la promoción de parte de Trump de drogas no recomendadas por sus propios asesores; más tarde se insistió en abrir las escuelas y reiniciar las actividades económicas totalmente a destiempo. En fin, la gestión de la pandemia de parte de Trump constituyó una colección pavorosa de equívocos que revelaban una gran desesperación por evitar el daño de la pandemia a la reelección, pero que muchos en la población percibían como una muestra de total desconexión de la realidad. Los demócratas por fin esgrimían, en el momento más crítico de todos, un argumento que podía lacerar la simpatía hacia Trump de una porción de su base política y de los llamados independientes.


MANUFACTURA Y GUERRA COMERCIAL

Para Trump su posición electoral en el Noreste de los EEUU, (sobre todo en el Rust Belt), especialmente en Ohio, Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, era crucial. Pondremos atención a estos estados ya que la victoria de Trump el 2016 se produjo porque los pudo virar a favor del partido republicano luego que habían votaron dos veces por Obama en 2008 y 2012. Sin embargo, la victoria de Trump en ellos se produjo por un margen muy estrecho (un total combinado de 77 mil votos en Wisconsin, Michigan y Pennsylvania). Por tal razón, dichos estados volverían a ser centrales en las elecciones de este año, como apunté en un trabajo anterior. Según se aproximaban las elecciones, las perspectivas de Trump en estos estados se tornaban complicadas por dos razones. Por un lado, en las semanas previas a las elecciones los estragos del Covid 19 no dejaban de intensificarse en ellos, sobre todo en las aéreas rurales, bastión de Trump. Por el otro lado, en estos estados ya existía un creciente descontento con Trump por el fracaso de la política manufacturera y por los efectos negativos en sus economías de la guerra comercial iniciada por él en marzo del 2018.


La manufactura representa aún una porción significativa de la economía de estos estados, y los empleos en ella pagan unos US$26 por hora en promedio, en adición de buenos beneficios sin necesidad de tener un diploma universitario. En el sector servicios, donde suelen ir quienes pierden estos empleos, el salario es en promedio US$11 con magros beneficios. Aunque la manufactura solo representa el 8% del total de empleos del país, quienes trabajan en este sector han sido importantes  para Trump porque el 71% de ellos son hombres y de estos el 62% son blancos, es decir, votantes receptivos a sus políticas  anti-globalistas  y anti-migratorias.  


El sector manufacturero perdió 91 mil plantas y 5 millones de empleos entre los años 2000 y 2016. Como hizo Obama antes, Trump prometió de manera más estridente (resaltando su condición de empresario como garantía de éxito), que reavivaría el sector manufacturero, haciendo que retornaran los empleos que habían abandonado el país cuando las factorías que los generaban se habían relocalizado en China, México y otros países en busca de salarios bajos. Sin embargo esta promesa se quedó corta. Bajo Trump, y entre 2016 y 2019, se agregaron 500 mil empleos manufactureros, pero estos resultados distan mucho de lo que se necesitaba para cumplir lo prometido, ya que ello no representa una mejora importante con respecto al promedio de 166 mil empleos del período 2010-2016. Además, desde que la crisis del Covid-19 estalló, la manufactura perdió 740 mil empleos, lo cual es responsabilidad de Trump por oponerse a organizar una respuesta nacional efectiva a la pandemia.


Un obstáculo importante a la reavivación de la manufactura y el retorno de los empleos intentado por Trump ha sido la tendencia de su administración a implementar políticas que se contrarían unas a otras, generando auto-derrotas de los objetivos. Desde el 2014 el dólar se ha apreciado cerca de 23%, lo que abarata las importaciones y encarece las exportaciones. Más de la mitad de esa apreciación se produjo luego del inicio de la guerra comercial de Trump en marzo del 2018. Por otro lado, en la reforma fiscal del 2017 se introdujeron beneficios para los empresarios que incentivan el envío de empleos fuera del país. Así, el impuesto a las ganancias de las corporaciones no se aplica hasta que ellas excedan el 10% de los activos tangibles de la empresa (edificios, factorías, equipos) instalados en el extranjero, de modo que moviendo más maquinarias y equipos fuera de los EEUU las corporaciones reducen sus impuestos. Pero aún si las ganancias exceden el 10 de los activos tangibles, de todas maneras solo pagan la mitad (10.5%) de lo que deben pagar los productores domésticos (21%).


Como apertura de su guerra comercial, Trump impuso fuertes aranceles al acero importado, incrementando temporalmente su precio y ayudando la manufactura, pero ese aumento de precios redujo la demanda de acero y acabó dañando dicha industria en los EEUU, la cual ya antes del Covid-19 había empezado a declinar y a despedir obreros, terminando con 2,000 menos de los que tenía al inicio del gobierno de Trump. Pennsylvania y Michigan, donde la producción de acero es importante, fueron duramente golpeados por este proceso. Michigan, donde la producción de autos es también esencial, ha perdido 55 mil empleos manufactureros desde que Trump llegó a la presidencia, la mitad de ellos en la industria automotriz. Además, los empleos que el estado ha perdido por deslocalización (offshoring) se incrementaron más de 200% y la inversión en las firmas automovilísticas cayó 29% en los primeros tres años de Trump en comparación con los tres últimos años de Obama. De igual manera, en Ohio hay 26 mil menos empleos que a la llegada de Trump y el número de empresas golpeadas por la guerra de aranceles supera a las que se beneficiaron 9 a 1.


Dan Kaufman en su artículo “Will Trump’s Broken Promises to Working-Class Voters Cost Him the Election?” publicado en The New Yorker el 31 de octubre pasado detalla el gran desencanto que embarga a los residentes del Rust Belt por el hecho de no haber visto cumplida la promesa que Trump hizo a los obreros de la manufactura, y explica cómo dicho desencanto fue agravado por declaraciones e iniciativas de Trump anunciando la creación de nuevos empleos en estos estados que resultaron irreales y fracasadas. El caso emblemático de estos chascos políticos lo escenificó en Wisconsin la famosa corporación taiwanesa de electrónicos Foxconn.


Con fanfarrias, Trump mismo inauguró en 2018 los trabajos de construcción de una factoría gigantesca de pantallas de televisores (LCD) de Foxconn que daría empleos a 13,000 personas en Wisconsin con una inversión de US$10 billones. “La octava maravilla del mundo”, la denominó. El estado otorgó una exención impositiva de US$3 billones a la corporación y gastó US$400 millones en infraestructura para el proyecto. Al final, Foxconn no desarrolló la factoría que había prometido y las edificaciones que levantó las utiliza como almacén, dando empleo a unas 300 personas. El estado retiró la exención impositiva. Situaciones parecidas se han dado con otros proyectos anunciados por Trump. Para citar algunos: la factoría de Lordstown Motors en Ohio (solo 50 empleos de los 3,700 prometidos); una factoría de Carrier en Indiana (200 de 700 prometidos); seis nuevas plantas de acero de U.S Steel anuciadas por Trump el 2018 en Tampa que los ejecutivos de la empresa negaron tener en planes.


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