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martes, 5 de enero de 2021

Economía, pandemia y elecciones de los EEUU: La autoderrota de Donald Trump

 Ruddy Santana

Santo Domingo, RD

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“Creo que el Covid es un regalo de Dios  para la izquierda…¡Que gran regalo!, ¡Que tremenda oportunidad! […] solo tenemos que usarla con cada onza de inteligencia, coraje  y medios que tengamos.” Jane Fonda


AGROPECUARIA Y GUERRA COMERCIAL

Aunque resulte inaudito, los arquitectos de la guerra comercial de Trump exhibieron desde el inicio de ella una desconexión con la economía global actual insólita, lo cual explica porqué su visión había sido ignorada por años. Así, en 2018 cuando Trump impuso los primeros aranceles, el promotor principal de dicha política, Peter Navarro, declaró en FOX (y Trump luego repitió): “Yo no creo que ningún país va a retaliar, porque nosotros tenemos la economía más lucrativa del mundo”. Todo lo contrario, la retaliaciones no se hicieron esperar. No mencionaremos todas, destacaremos que México y Canadá impusieron fuertes aranceles a los lácteos  y a otros productos agrícolas que afectaron duramente a Wisconsin y Michigan, aunque fueron desmontados al firmarse el nuevo acuerdo comercial de los EEUU con esos dos países. La respuesta de China, ha sido más profunda y con fuerte impacto en la exportación de productos agropecuarios  de los EEUU.


Después del boom de principio de este siglo, en los EEUU los precios de los comodities agrícolas como maíz, soja, leche y carne iniciaron un descenso a partir del 2013 determinado por dos factores: tecnología y globalización. La tecnología elevó la productividad y la eficiencia que, junto a la economía de escala, disparó los beneficios de las corporaciones del agronegocio, las cuales crecieron a medida que los productores más pequeños tenían que vender. Entre 1958 y 2015 cuatro millones de granjas desaparecieron, aunque el producto agropecuario logró más que duplicarse. “En América el grande se hace más grande y el pequeño sale del juego”, dijo Sonny Perdue, secretario de agricultura bajo Trump, en Wisconsin. La globalización llevó más productores agrícolas al mercado internacional, inundándolo con soja, maíz, carne y leche y reduciendo los precios. La producción global de alimentos aumentó un 30% en la última década, positivo para la humanidad pero negativo para los productores (sobre todo los pequeños) cuyos costos no caen en proporción similar a los precios del mercado. Más de la mitad de todos los granjeros de los EEUU han perdido dinero desde el 2013.


Trump inicia la guerra comercial en 2018, su escalada continuó en 2019 y para noviembre de ese año China había impuesto aranceles a prácticamente todos los productos agrícolas de los EEUU con efectos devastadores. La exportación de soja se derrumbó. China importa US$40 billones en soja por año y antes de la guerra comercial le compraba a los EEUU 14 de ellos, constituyendo su exportación más importante a China después de los aviones. China impuso un arancel de 25% a la soja de los EEUU y empezó a comprar el cultivo a Brasil. La exportación de los productores norteamericanos cayó un 80%, provocándoles pérdida por más de US$10 billones. Los aranceles chinos a los productos agrícolas generó a California perdidas de US$6 billones, varios estados perdieron cientos de millones de dólares y 11 estados perdieron más de un billón.


Trump respondió a las pérdidas de los agricultores debido a la guerra comercial con dos subsidios, uno de US$8.5 billones para las pérdidas del 2018 y otro de US$14.3 para las del 2019. Sin embargo, los subsidios desfavorecieron notablemente a los pequeños productores, definidos como aquellos que perciben ingresos brutos anuales por debajo de los US$250,000; ellos constituyen 90% de los 2.2 millones de granjas agrícolas de los EEUU y son los más numerosos en los estados pendulares de Wisconsin, Pennsylvania, Michigan y Ohio. El 1% de los productores más ricos recibieron el 13% de los pagos por subsidios, para un promedio de US$177,000. El 80% más pobre recibió un pago promedio de solo US$5,136.


A esto debemos agregar que los pagos también estuvieron sesgados a favor de estados del Medioeste, donde dominan los grandes productores y se vota tradicionalmente republicano. En consecuencia, el balance neto entre las pérdidas generadas a un estado por la guerra comercial y los pagos por subsidios fue notablemente desfavorable para ciertos estados que no son tradicionalmente republicanos, entre ellos los estados pendulares del Rust Belt. Las pérdidas netas para Wisconsin, Michigan, Pennsylvania y Ohio fueron respectivamente -US$0.5, -US$2, -US$1.4 y -US$1.5 billones.


El deterioro de la agropecuaria empeoró con la aparición del Covid-19. El cierre de escuelas, restaurantes y otros negocios redujo la venta de comida y deprimió aún más en los EEUU los mercados de los cultivos y de las carnes. Para el 2020 se espera que los productores de maíz y soja pierdan dinero, aún con los subsidios del gobierno. Además, el daño político que se auto infligiera Trump con su desastroso manejo de la pandemia se agravó más aún por el hecho de que, en las semanas previas a las elecciones, la propagación del virus se aceleró en los condados donde él ganó con más amplio margen en el 2016.


LAS ELECCIONES

Antes de evaluar sus resultados, una característica importante de las elecciones del 2020 fue que en ellas se generó un incremento sustancial del número de votantes para ambos partidos por dos razones. Por un lado, la mayoría de los 8 millones de personas que en las elecciones del 2016 votaron por el libertario Gary Johnson y el Partido Verde de Jill Stein, ahora lo harían por el partido Demócrata o Republicano. Por otro lado, la participación electoral se incrementó marcadamente con respecto al 2016, llegando a 160 millones de votantes, la más elevada en 120 años. En consecuencia, el número de votos emitidos a favor de ambos partidos se vio altamente incrementado y la victoria en gran medida pertenecería a quien atrajese la mayor proporción de ese enorme incremento del caudal de votantes.


La evidencia presentada más arriba respalda el argumento de que, a pesar de una economía que según la métrica tradicional vivía un boom, la derrota de Trump se debió, sobre todo, al fracaso de su política de restituir a los EEUU los empleos eliminados por la desindustrialización y en la devastación sufrida por el sector agrícola como consecuencia de su fracasada guerra comercial. La pandemia ciertamente agravó y generalizó el malestar económico para la mayoría, complicando enormemente la reelección, como temía desde marzo la campaña de Trump. La desigualdad racial y el pésimo manejo de la pandemia, en especial el hecho de que ella golpease con saña semanas antes de las elecciones los condados donde Trump ganó con más amplio margen en el 2016, constituyeron de seguro factores agravantes, pero la desesperación económica de la ciudadanía era lo determinante. Esta lectura es apuntalada por una encuesta de votantes registrados conducida por Pew Reasearch en la segunda semana de octubre, la cual reveló que la preocupación número uno era la economía (35%), seguida por la desigualdad racial (20%), la pandemia (17%), crimen y seguridad (11%)  y la salud –Affordable Care Act- (11%).


Trump no solo ganó el voto rural, sino que incrementó su margen con respecto al 2016, pasando de 63.2% a 65.9% en 2020. Se podría pensar por esto que los subsidios agrícolas por la guerra comercial y la pandemia le habrían asegurado el apoyo rural a todos los niveles, contradiciendo lo que afirmamos más arriba. Sin embargo, las cifras agregadas esconden el hecho de que, en estados oscilantes con muy alta presencia de granjeros pequeños, muchos de estos volcaron su lealtad hacia Biden, permitiéndole superar el desempeño de Hillary entre ellos en el 2016 y dándole la victoria por un margen estrecho en el 2020. Así aconteció en Michigan, Wisconsin y Minnesota. No se dio lo mismo en Ohio y por ende allí Trump fue el ganador de nuevo.


Las elecciones estaban llamadas a ser un veredicto sobre Trump y sus casi 4 años de híper-enriquecimiento de sus donantes y de aporreamiento al ethos liberal hegemónico y a su proyección global. Sin embargo, la balanza apenas se movió. La victoria de Biden no asumió el carácter arrollador que esperaban los liberales y equivocaron las encuestas de nuevo. Incluso, en algunos casos el resultado se movió en sentido opuesto al proyectado. Biden ganó por los pelos 306 votos electorales, lo mismo que ganó Trump en 2016. La reducida suma de 256,000 votos populares (0.16% del total) generó 73 votos electorales (27% de los necesarios para ganar) en victorias rasantes en 5 estados claves: Pennsylvania (0.9%), Minnesota (2.6%), Wisconsin (0.5%), Georgia (0.3%) y Arizona (0.3%). En 1992 fue la última vez que un demócrata enfrentó un incúmbete republicano en medio de una crisis; Bill Clinton obtuvo entonces 370 votos electorales contra 168 de George H. W. Bush.


Siguiendo proyecciones de Edison Research, Biden mejoró a Hillary entre los hombres blancos y posiblemente los católicos, Trump mejoró por el mismo margen entre asiáticos, alta clase media y hombres negros. Las mujeres blancas aumentaron su preferencia por Trump mientras las latinas lo hicieron por Biden sobre Hillary en la misma proporción, 3%. Trump mejoró en 11 millones su voto popular con relación al 2016, alcanzando la suma de 74 millones, el 47% versus 81 millones de Biden, el 51%. Trump es el candidato presidencial más votado en la historia de los EEUU después de Biden.


De 27 elecciones que el New York Times calificó como impredecibles, los demócratas no ganaron ninguna y tampoco pudieron alzarse con las legislaturas estatales. Los demócratas proyectaban incrementar sus delegados en la Cámara de Representante en “cinco, 10 o incluso 20 asientos”, por el contrario, perdieron 9 miembros y las expectativas de hacerse con el control del Senado fracasaron, produciendo solo una victoria y dejando el control de ese cuerpo dependiendo de una segunda vuelta en enero en Georgia; los demócratas no han ganado una segunda vuelta allí en 30 años. Si los republicanos retienen el control del Senado ello será una catástrofe para la agenda legislativa de Biden, un obstáculo enorme para el éxito de su gobierno y un peligro significativo para la retención del control de la Cámara de Representantes por los demócratas en las elecciones legislativas del 2022.


Por ende, se impone la pregunta, ¿Que puede explicar el carácter tan endeble de la victoria demócrata? Creemos que la causal central de este resultado reside en que Trump, de manera insólita, se alzó con la exclusividad de representar trabajo e ingresos para millones de votantes en el momento crítico cuando ello constituía la preocupación principal de ellos. De modo deliberado y sistemático la campaña de Trump se centró en dos temas: empleo y la economía. Ello se hizo patente desde marzo, cuando Trump motivó a la gente a tomar las legislaturas estatales para demandar la “liberación de la economía” de las cuarentenas impuestas por los gobernadores demócratas.


Los demócratas, por su lado, enfatizaban que Trump era dañino para el país, que había manejado mal la pandemia y prometían que ellos cuidarían del servicio de salud. No hicieron uso de las numerosas oportunidades que se presentaron para confrontar a Trump con los fracasos de sus políticas económicas y presentar a Biden como el candidato del empleo y la economía. Por el contrario, cuando para octubre ya 8 millones habían caído en la pobreza debido a la pandemia y la gente desesperadamente necesitaban una segunda ronda de asistencia para pagar alquileres, hipotecas y facturas médicas, Nancy Pelosi rechazó el paquete de 2 trillones ofrecidos por Trump y apostó a que, al fracasar las negociaciones, ello dañaría la campaña de Trump y contribuiría a su derrota. Esto dejó a millones abandonados a su suerte, expuso el cinismo de tal decisión y le permitió a Trump aparentar tener más interés en proveer asistencia económica que los demócratas. Más aún, Trump fue ayudado por la recuperación del empleo en el tercer trimestre, el incremento de la compra de viviendas promovida por los bajos intereses y la adición de 638,000 nuevos empleos en las semanas antes de las elecciones.


Aunque encuestas tras encuestas mostraban que Trump aventajaba a Biden en cuanto a la economía, la Convención Demócrata no produjo nada que pareciera un mensaje coherente sobre el tema. El día de las elecciones las encuestas a boca de urna demostraron categóricamente que la economía era la preocupación más importante de los votantes, seguido por la desigualdad racial y la pandemia, tal como lo había detectado en octubre la encuesta de Pew Research que citamos arriba. Es decir, aunque la derrota de Trump estuvo determinada por las consecuencias de eventos derivados de sus ejecutorias como presidente, el carácter deplorable de la victoria de Biden puede legítimamente ser atribuido a la inhabilidad manifiesta de su campaña de articular un mensaje económico coherente con lo que era la preocupación más importante de una masa significativa de los votantes, cuya cifra podemos aproximar de manera no estrictamente científica.


La base dura de apoyo de Trump ha oscilado siempre en torno al 40% de los ciudadanos con intención de voto. De los 160 millones que votaron en las elecciones ello arrojaría la cifra de 64 millones de votantes que le hubiesen favorecido a pesar de las variaciones de su discurso, promesas incumplidas, desvaríos racistas y desatinos en el manejo de la pandemia. Esto implica que de los 74 millones que efectivamente votaron a Trump, 10 millones pudieron haberlo hecho al aceptar su mensaje de que él representaba empleo e ingreso, mensaje que parecían “validar” cifras agregadas sobre la salud de la economía antes de la pandemia que daban cuenta solo de manera parcial de la realidad, soslayando desarrollos nodales negativos de la esfera económica difíciles de ser percibidos por el ciudadano común. 10 millones de votantes pudo haber sido la diferencia entre una victoria contundente de Biden y el triunfo mediocre que terminó cosechando. 


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