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viernes, 13 de noviembre de 2020

Tres vaticinios perdurables

 Marino Vinicio Castillo

Santo Domingo, RD

He pensado mucho en lo conveniente que es revisar los recuerdos, especialmente en la soledad de la cuarentena. Un amigo me alentó a seguirlo haciendo y me dijo:  “Trata de ampliar sus alcances por otros medios”.  Y heme aquí de vuelta.

 Sé bien que estamos en tiempos escabrosos; algo parece convocarnos a trincheras comunes.


Quiero tratar algo que he comentado de manera sesgada y fugaz. Un testimonio relativo a tres vaticinios que me hicieran: un maestro de primaria, siendo muy joven; un médico eminente, en medio del frenesí por la libertad del año ´61; y un juez venerable de aquel mismo tiempo.


 El maestro, una leyenda de abnegación a la formación de su amado alumnado, se llamaba José Dolores Jiménez.  Un ser humano superior; murió joven de tuberculosis, entonces incurable; pero vivió en la gratitud de centenares de sus muchachos, de los cuales tomaba los rezagados y en horas de la tarde los fortalecía en clase particular y gratuita.  Luego los ponía a competir como si fuera en béisbol y su mejor gozo era cuando ganaba su equipo especial de rezagados frente a los más adelantados del principio del curso.


 Cuando la odiosa tisis determinó su muerte, una tarde de sus últimos días me tocó verle y con mucha dificultad para hablar me dijo: “Tú vas a llegar lejos; si algún día te toca dirigir la educación, no dejes que salga del área púbica, gratuita, y el maestro para hacerlo que obedezca una mística. Vincho, esto es un verdadero apostolado”.  Y agregó: “Esa escuela es lo ideal para asegurar la cohesión del pueblo”.


Noté que por su rostro consumido se deslizaban lágrimas y lloré al verlo llorar.  Días después expiraba el señor Jiménez y fue duelo de la sociedad más allá de sus muchachos. Sería el año ´45, es lo que pienso. 


Años después fui funcionario del Estado, diputado al Congreso Nacional.  Allí conocí a un médico notable; había pasado mayo cuando se produjo el desenlace del magnicidio y estalló la República de júbilo y de ira.  Se dijo que sólo así sería digno el recibimiento de la libertad que vendría a librarnos de los peligros y pesares de la opresión.


Una mañana el médico amigo, que además era director de un importante centro médico, el Hospital Internacional y  había salvado de heridas graves a uno de los participantes, en el magnicidio, con la fina cortesía de siempre me dijo;  “Doctorcito, está bien todo ésto que ha sucedido.  Se va a respirar nuevos aires y el régimen resultaba insoportable, pero usted verá que se van  a perder cosas muy buenas, por ejemplo,  yo ayudé al doctor Contreras cuando operó el antrax del Generalísimo, y cuando estábamos lavándonos las manos al terminar llegó la lista de las cirugías del día siguiente, tres obreros y una lavandera. Eso significa que el cirujano que operaba al Jefe del Estado también operaba a los más pobres del pueblo. Verá que eso se va a perder”. 


Hizo una reflexión de la medicina como apostolado y con emoción citó a Goico en el Gautier, a Moscoso y Capellán en el Padre Billini, y se despidió con una expresión:  “Eso se va a perder”.


Finalmente, hubo un tercer vaticinio.  Un ilustre juez, maestro del Derecho, a quien fui a ver para ofrecerle solidaridad, ya que, retirado como estaba de la judicatura, era una reserva moral enorme del país y el gobernante a cargo de la  crucial transición era su amigo y pretendió colocarlo en la Secretaría de Estado de Interior y Policía como un mensaje de garantías extremas de que habría allí la bonhomía de ese hombre justo que fuera juez incomparable.


 Eso lo creímos muchos, especialmente quienes le venerábamos desde la cátedra universitaria, tan inolvidable como sus famosas sentencias del tiempo brillante de nuestra Suprema Corte de justicia.   Su  nombre, Hipólito Herrera Billini.


 Se rumoró que le echarían encima la ira de la marejada pública desconociendo su valiosa trayectoria de Juez de la República.  Era un tiempo éste en que junto a otros notabilísimos ciudadanos, jueces de leyenda, levantaron un verdadero Himalaya de jurisprudencia capaz de hombrearse con los fallos de las cortes más reputadas de Francia.


Encontré al juez muy sereno, inmenso, ante la pretensión murmurada de ser insultado por la turba que se anunciaba como manera de profanar su respetable hogar.


 Tal era la locura que aquellos desmanes insensatos se tomaban como el camino de barrer con el mal y traer santificado el bien que supuestamente aniquilaría todos los vicios y maldades del infierno que desaparecía.


 Don Hipólito, como le llamé siempre, me dijo;  “Yo no lo veré,  pero tú sabrás del fracaso de este ensayo donde el odio es  llevado a extremos diabólicos.  Lo que se ha debido hacer es conservar la serenidad, aprovechar lo servible y desechar lo vil de un régimen que a todos, de un modo u otro, nos sojuzgó.  Se van a colar muchas maldades en esta parranda de odios y se perderán muchas cosas valiosas.  Vinicio, tú sabes de la cantidad de hombres buenos y justos que hay en nuestra justicia y tú verás cómo los llevarán a la picota del desprecio público y algún día los abogados de hoy echarán de menos a esos jueces muertos”.


 Pensé en mi pueblo y los jueces magníficos que llegó a tener y me dije: “Ojalá el profesor no tenga razón y nuestra justicia no degenere”.


Seguiré la tarea.


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