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lunes, 2 de noviembre de 2020

¿Mataron a unamuno? no se sabe lo qué pasó ese día

 Luis Martínez

Tomado de El Mundo

Madrid, España

“Sobre un pasado en el que no queda ningún testigo, todo es admisible y siempre habrá contradicciones y zonas oscuras”, comenta Antonio Heredia Soriano al que no le resultan nuevas las recurrentes dudas, sospechas o sólo malversaciones alrededor del fallecimiento de Unamuno el 31 de diciembre de 1936, pocos meses más tarde de su “vencer no es convencer” del Paraninfo. “No hay que perder de vista que poco después de anunciada la muerte, la prensa republicana corrió a publicar que había sido envenenado y es cierto que el régimen utilizó el funeral y todo lo que le rodeó con fines propagandísticos. La manipulación existió desde el principio, pero de ahí a pensar que lo mataron... Lo cierto es que con los datos en la mano, que al final es lo único que vale, es como poco y sin ánimo de ofender altamente improbable, cuando no una consecuencia más de la cultura audiovisual tan dada a los relatos alternativos o confusos”, manifiesta desde Salamanca este catedrático emérito de Filosofía que, entre sus múltiples trabajos académicos, figura uno de los pocos estudios sobre Bartolomé Aragón, el último interlocutor “de este mundo”, como afirmaba la prensa de la época, del pensador vasco y que recogió lo que ha pasado a la historia como sus últimas palabras: “Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse”.


La polémica corre a cuenta de ‘Palabras para un fin del mundo’, el documental de Manuel Menchón que se estrenará en la Seminci de Valladolid este fin de semana y que ya ha saltado a los medios dentro de lo que se podría calificar como una meticulosa y chuscamente orquestada campaña para levantar polvo. Ya en la presentación publicitaria de la cinta se destaca la frase manuscrita de Unamuno que quiere ser piedra de toque: “Le escribo esta carta desde mi casa, donde estoy desde hace días encarcelado disfrazadamente. Me retienen en rehén, no sé de qué ni para qué. Pero si me han de asesinar, como a otros, será aquí, en mi casa”. Y la propia difusión de la película ha venido precedida de un embargo de la difusión de contenido, bajo pena de multa de 60.000 euros, a la mayor parte de la prensa después de que un medio seleccionado luciera la que quiere ser una exclusiva “llamada a revolucionar la historiografía”, en palabras algo pomposas de un miembro del equipo. Dentro de la campaña publicitaria se incluye a la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo a la que se destaca como inminente y seleccionada espectadora. Disfrutará de un pase especial, se dice.


Según lo declarado por Menchón a ‘El país’, Bartolomé Aragón, el último hombre que habló con Unamuno, era no sólo completamente ajeno a la familia o al círculo más íntimo del filósofo sino que su ideología (era falangista convencido) y hasta su biografía le colocaba en el siempre conjunto amplio de los absolutos desconocidos. Es decir, Unamuno intercambió sus últimas palabras con un extraño. “En ninguna de las 25.000 cartas que escribió, Unamuno habla de él. Aragón pertenecía al aparato de propaganda del Régimen, que tenía un centro de actividades en Salamanca, y había participado en la quema de libros. Todos los documentos sobre su muerte son irregulares, desde la hora, a la causa, hemorragia bulbar, imposible de determinar sin una autopsia”, declara el director de la película al periódico. “No sabemos qué pasó exactamente ese día, pero todo apunta a otra cosa”, añade.


Lo cierto es que es más “la película” que “todo” lo que apunta a otra cosa. La voz infranqueable de José Sacristán, que oficia de narrador algo más que sólo omnisciente, desentraña las paradojas de una investigación que nunca sucedió como si de la última temporada de ‘El cuarto milenio’ se tratara. Un gráfico corre por la pantalla en el que ni las horas ni las intenciones ni los gritos ni el olor a quemado de unas zapatillas que cayeron al brasero encajan. Nunca se menciona la palabra “asesinato” ni “crimen”. La estrategia utilizada es más la de Gila: “Alguien ha matado a alguien”. Hasta llegar aquí, justo es reconocerlo, la película funciona con dureza y sin melodrama por el episodio quizá más duro y trágico de la historia reciente. Digamos que el empeño por impresionar con “documentos nunca conocidos” o “manuscritos inéditos” emborrona la labor de una producción que no merecía tanto violín destemplado y fuera de plano. Resulta hasta patético comprobar que uno de esos “testimonios por primera vez contemplados” y extraídos de un cofre como si se tratara de las Tablas de la Ley en realidad son las cuartillas firmadas por Igancio Serrano publicadas el año pasado por los historiadores franceses Colette y Jean-Claude Rabaté y en las que el autor transcribía las palabras que como un látigo Unamuno hizo restallar frente a Millán-Astray. Son “inéditas”, pero publicadas. Otra rareza más.


Heredia, y por volver al argumento principal, no es tan tajante como la película. Ni misterioso. Modestia y estudio obligan. El catedrático ya jubilado se entrevistó en dos ocasiones con el “desconocido” Bartolomé Aragón. La última de ellas el 28 de enero de 1997 dos años antes de su muerte. Por él sabemos que el joven profesor, eso era entonces, contaba con 27 años cuando visitó al ya ex rector de 72. “El primer libro que se ocupó de su figura fue publicado en 1963 y lo firmó la norteamericana Margaret Thomas Rudd”, dice Heredia para acto seguido apuntar rápidamente lo que se sabe con certeza y algo de lo que se desconoce con la misma certidumbre. Se conoce que Aragón estuvo en Italia becado para estudiar economía y que volvió de allí convencido de Mussolini hasta más allá de lo razonable; que hizo oposiciones a la Escuela de Comercio de Salamanca, donde fue profesor; que su primer encuentro con Unamuno fue en una reunión (o sala) de profesores, donde ambos se enzarzaron a propósito de la distinta valoración que tenían del fascismo italiano; que en clima más distendido se vieron al menos una vez más, invitándolo Unamuno a pasear; que al estallido de la Guerra Civil marchó al frente como soldado; que a pesar de que éste no recibía visitas por entonces, Aragón logró concertar la cita gracias a su hijo Rafael; que le abrió la puerta Aurelia, la sirvienta, y lo llevó hasta donde estaba sentado; que por algún motivo Unamuno se alteró mucho... Luego está el episodio del olor a quemado de unas zapatillas por culpa del brasero.


La cinta no duda en sugerir que el paso por la guerra de Aragón fue propia, más que de un educado profesor, de un sanguinario carnicero. Se le localiza en el frente de Ríotinto, donde fue de voluntario y acto seguido se detallan los horrores de aquello con una meticulosidad que es cualquier cosa menos inocente. La invitación a unir puntos entre el falangista admirador de Mussolini y ciego de odio y el grito que salió de la habitación de Unamuno en un momento de la conversación de una hora es, ciertamente, impúdica. O, para qué irritarse, sólo sospechosa.


“Lo cierto”, continúa Heredia, “es que es imposible reproducir segundo a segundo algo que ocurrió hace tanto, pero pongamos por caso que la versión oficial no es más que una forma de ocultar algo por fuerza raro. O muy raro. Encaja mal entonces que Aragón fuera a comprar, como fue, las medicinas que le encargó el médico tras el desfallecimiento de Unamuno. Y eso es sólo un ejemplo. Aragón no surgió de la nada. Se incorporó a la Escuela de Comercio en 1935 para enseñar Legislación Mercantil Comparada y, aunque estuvo en el frente como voluntario una vez iniciada la guerra, llevaba ya meses en Salamanca antes de la muerte de Unamuno. Es decir, no apareció de las sombras. Y además, ¿qué ganaba el régimen asesinándolo si ya estaba encarcelado en casa? El hecho de que la República corriera a difundir su envenenamiento da una pista... pero en sentido contrario”. Por lo demás, y aunque el conocimiento personal no sea índice ni prueba de nada, el catedrático no duda en calificar de culto, educado y distinguido a un Aragón que se declaró siempre admirador y seguidor de Unamuno y que quizá ahora, sólo quizá, se le quiera pintar como un monstruo por intereses espurios o por las novedosas exigencias del márketing de una película. “Tampoco sé si tiene sentido pronunciarse o dictar sentencia sea la que sea. Los datos están ahí y con todas las contradicciones que se quiera, la del asesinato es, insisto, altamente improbable”, comenta y concluye: “Es fácil sembrar dudas”.

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