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domingo, 8 de noviembre de 2020

La democracia estadounidense sobrevive su roce con la muerte

 The New York Times

Washington, Estados Unidos

Lo más cerca que he estado de la muerte fue cuando una resaca feroz nos atrapó a mi esposa y a mí, y nos arrastró hacia las olas rabiosas de Puerto Escondido, México. Nos atragantábamos, no podíamos movernos y nos estábamos poniendo morados, intentando permanecer a flote. Después de que nos salvó un banco de arena, nunca volví a ver la vida del mismo modo.


Así nos encontramos hoy, todavía conteniendo la respiración, recordando el desastre sangriento de nuestra democracia en jirones. A pesar de la emoción que produce engañar a la muerte, lo ocurrido esta semana nos dejó deteriorados y muy perturbados.


Quienes estamos en el negocio de elaborar narrativas a partir del caos difícilmente podemos decir algo positivo de los últimos días. Casi pierdo la fe en la humanidad, y en definitiva perdí la fe en el complejo industrial de las encuestas electorales. Estoy perplejo y abatido.


“Dejen de contar”. De todas las violaciones a las cosas que apreciamos en este país, este tuit que publicó el presidente Donald Trump el jueves, en el que demandaba que millones de votantes fueran privados de su derecho al voto para que él pudiera robarse una elección, es la que vivirá en la infamia.


No obstante, busquemos luz en la oscuridad. El lavado de cerebros electoral de Trump, los cánticos primitivos de sus simpatizantes para, de manera simultánea, detener el conteo y contar los votos (según el estado) no cambiarán nada.


Joe Biden está ganando el voto popular por un margen cercano a los tres puntos porcentuales. No es poca cosa. John F. Kennedy ganó por menos de un punto porcentual. En 1980, Ronald Reagan entró a la Casa Blanca con poco más del 50 por ciento de los votos totales. Bill Clinton se convirtió en presidente con el 43 por ciento de los votos en una contienda con tres candidatos importantes.


Si Biden es electo presidente, significaría que la primera persona afroamericana en convertirse en vicepresidente sería Kamala Harris. La primera mujer vicepresidenta, también. Hecho histórico, anotado.


Significaría que Estados Unidos podría sumarse de nuevo a la comunidad de naciones comprometidas con salvar este planeta moribundo, abrumado y en llamas. Los terrenos públicos seguirían en manos públicas.


Significaría la interrupción de la fuente de jueces federales partidistas y retrógrados, por ahora. Sucedería lo mismo con la Corte Suprema, si a Biden le toca elegir uno.


Significaría que la ciencia y la verdad serían los principios rectores en el más alto nivel de gobierno: esto llegaría justo cuando entramos a una larga y oscura temporada de muertes por COVID-19 porque la ciencia y la verdad fueron ignoradas.


Significaría que la oficina ejecutiva ya no estaría peleando de manera activa para quitarles la atención médica a millones de estadounidenses. Piensa en una primavera que podría traer consigo una vacuna para el coronavirus, una economía resucitada y una recuperación de la decencia y la civilidad.


Si se considera el panorama más amplio, las voces extremas que Trump pudo vincular con el partido acabaron con los demócratas. Eliminar el financiamiento de la policía nunca será popular fuera de las circunscripciones izquierdosas. El olorcillo a socialismo sirvió para matar a los demócratas en Florida.


En California, los votantes rechazaron propuestas sometidas a votación que habrían regresado la acción afirmativa y un proyecto de ley para expandir el control de las rentas. El resultado fue una señal de alarma para la gente demasiado progresiva.


En la vejada ciudad de Portland, Oregon, donde los choques violentos entre los manifestantes y los agentes del orden han llevado el terror a las calles, un candidato que aceptó al movimiento antifa perdió ante un alcalde más moderado, Ted Wheeler.


Los radicales violentos de la izquierda le ayudaron a Trump. Los radicales violentos de la derecha, por desgracia, no parecieron perjudicarle. En los últimos días de su campaña, dio la impresión de que el presidente apoyó a una brigada de camionetas que intentó sacar del camino un autobús de Biden en Texas. Trump sugirió encerrar a sus oponentes políticos y se deleitó con los cánticos de las multitudes que exigían el despido del principal experto en enfermedades infecciosas de la nación.


Sin embargo, esperemos mejores días en el horizonte y comencemos a reparar nuestra democracia fracturada. Un candidato presidencial podría ganar el voto popular con una ventaja de casi 5 millones de votos, pero, según el lugar donde se hayan emitido esos votos, el candidato aún podría perder en el arcaico Colegio Electoral, la fortaleza para la tiranía de la minoría. En los últimos 30 años, los republicanos tan solo han ganado el voto popular una vez.


Sigue existiendo la posibilidad de que esta elección pueda terminar en un empate de votos del Colegio Electoral de 269 a 269. Si eso sucede, la nueva Cámara de Representantes elegirá al próximo presidente, con cada estado emitiendo un solo voto.


Por lo tanto, California, donde vive aproximadamente uno de cada ocho estadounidenses, con 53 miembros en la Cámara de Representantes, tendría el mismo poder que Wyoming, un estado con un solo representante en la Cámara y una población en declive.


El Pacto Interestatal del Voto Popular, en el que todos los votos electorales de los estados participantes se garantizan al ganador del voto popular nacional, podría neutralizar el error evidente de este escenario: la persona que obtiene la mayoría de los votos no gana necesariamente.


El martes, los votantes de Colorado aprobaron unirse al pacto, el cual en este momento tiene quince estados más el Distrito de Columbia, los cuales representan 196 votos electorales. Se necesitan más estados para superar el margen de 270 votos y para que entrara en vigor. Sin embargo, por ahora, es el mejor vehículo para que el sistema estadounidense sea uno que refleje la voluntad del pueblo.


Ah, la voluntad del pueblo. Quién sabe qué diablos es eso. En efecto, es una justicia kármica que tres de los estados cruciales en la elección de Trump —Pensilvania, Wisconsin y Míchigan— ahora parezcan los tres que lo despedirán. Y para esa pequeña mayoría, y el resto de nosotros, ojalá que el dolor de Estados Unidos pronto se convierta en el albor de Estados Unidos.


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