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domingo, 1 de noviembre de 2020

En el año del Covid-19

 Luis Beiro

En los velatorios cubanos de mi tiempo se amanecía en ayunas. En selectivas ocasiones aparecían termos de café que los dolientes ignoraban. En Santo Domingo sucedía algo similar aunque hoy con la diferencia de la socialización y de cafeterías en algunas funerarias. Sin embargo, en otros países, la muerte es un fenómeno festivo, digno de banquetes y jolgorios donde predominan bailes, cantos, comidas y licores de variados tintes y sabores.


He despedido a pocos fallecidos. En Cuba acompañé por madrugadas enteras a dos ascendencias maternas, y me incluí en sus cortejos fúnebres hasta el Cementerio de Colón, donde sus restos, supongo, todavía deben reposar.


En Santo Domingo, mi último adiós fue a la cuenta de unos pocos amigos, siempre por escasos minutos, evitando el tableteo de cámaras y miradas indiscretas.


La muerte no debe avergonzar. Quien muere no lo hace por fatiga emocional, sino por retorno a la magia oculta en los telares.


La tierra no es la única posibilidad de navegar contracorriente. Existen páramos, inciensos, refracciones y sonidos que valen lo mismo que una puesta de Sol.


En esos entramados solo hay espacio para el alma y sus entornos invisibles. Lo demás quedará como trofeo.


De los dominicanos fallecidos en el año del Covid-19, solo uno no me fue ajeno. Pero es justo advertir: Jimmy Sierra no murió por la pandemia. Con él me unió, además de la gratitud, un profundo respeto y una promesa incumplida. Lo conocí en mi etapa de guiñapo humano. Una parte de mi salud quedó en manos de sus médicos. Sus seguidores donaron sangre para mi nueva operación. Me propició filmaciones para donativos humanitarios en comunidades apartadas, junto a otras distinciones que llenarían las páginas de este diario.


Siempre me molestó el matiz personalista y vengativo de las campañas contra su obra. Jimmy, con buenas orejeras, no escuchó el aullido de aquellos lobos hambrientos, y continuó su odisea cultural con el “Diccionario Cultural Dominicano” y su novela “Idolatría”, entre otros.


No tuve valor para enfrentarme a su cuerpo inasible ni, mucho menos, dejar el lagrimeo de mis párpados en aquella funeraria llena de su fuerza creativa.


Una vez me confesó su deseo de entrar juntos a la Cinemateca de Cuba. Le prometí corresponder a su anhelado sueño. Promesa incumplida. Pero al menos, si la vida lo permite, mis hijos o mis nietos llevarán sus películas.


René Rodríguez Soriano si cayó vencido por el virus. Antes de su partida a los Estados Unidos, en una noche dominicana a finales de los años 90 del pasado siglo,  me aseguró un triunfo literario en aquellos paisajes invernales donde tantos latinos han tenido que abandonar insomnios culturales para ganarse el pan de cada día. Me di cuenta de la no existencia de palabras para impedir su decisión, y le deseé lo mejor. Durante el resto de su vida lo apoyé lo más que pude en la difusión de sus libros y de su suplemento “Mediaisla”. Vivía de avión e avión, promoviendo su obra aquí y allá sin ningún tipo de resguardo, como si no existieran ojos saltones llenos de encrucijadas perdidas dispuestos a devorarlo.


De otros fallecidos del mundo cultural en el presente año no poseo información seria para acreditar las reales causas. Víctor Víctor, Jenny Polanco, Iván Tovar, Jorge Severino, Carlos Alberto Houellemont, José Ignacio Morales, el Cieguito de Nagua, así como familiares y amigos de otras figuras bajo trance, no descubrieron mi silencioso pesar.


En este año triste aprendí a vivir con antifaz, sin abandonar ni abandonarme. Todavía hoy salgo a cumplir mis redenciones porque muchas cosas quedan por hacer. 


Mis padres me enseñaron a jugar. A no preocuparme en descubrir un lugar para el mañana. No me hizo crecer una pistola caliente, sino la mirada atenta en extraños panoramas. De esa forma creí en la redondez de la amistad sin darme cuenta de que la lluvia venía de oscuros nubarrones. He tenido varias muertes. Y muchas más vidas. Me he escapado de trampas y explosiones, cardos envenenados, espasmos, encerronas y rostros encorvados. Puedo caminar por las rutas del olvido sin nada de que pueda arrepentirme porque siempre he buscado el lugar donde todo se estampa.


No tuve hermanos. Mis primos andan por un mundo de cabezas, y tratan de salir adelante aunque a veces un chirrido involuntario azuza mis oídos com advertencias de sus reglas infringidas.


El Covid-19 no ha querido jugar a las cartas conmigo. Lo he visto andar en forma de abanico, pero siempre por la acera contraria.


Me ha perseguido en comercios, empleos, caminatas y sueños, y ha sabido guardar distancia. Su odio se ha centrado en mí. Ese es su problema. Conmigo no encontrará donde saciar sus arcas redentoras.


Con Covid-19 o sin él, solo espero la ocasión para  volver a juntarme con Jimmy Sierra para escarbar otros proyectos; o a encontrar el trasfondo en las palabras de René, o en las pinturas de Iván, Alberto y Jorge para armar un más allá cantando bachatas con el Cieguito de Nagua. Otra vida donde no quepan dictadores, ni locos con ínfulas de héroes que dividen y destruyen a los hombres que todavía creen que este mundo puede ser mucho mejor.


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