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domingo, 8 de noviembre de 2020

El “escritor de cafés” una especie en vías de extinción

 Eve Gil

CIUDAD MÉXICO TOMADO DE LA JORNADA SEMANAL

Bien mirado, no es vana la pregunta sobre la larguísima y acaso no menos profunda relación entre la escritura (o la lectura) en el ambiente de un café. Hay muchos ejemplos que dan cuenta cabal de esa complicidad que ha generado incluso una tradición por ahora, debido a la pandemia, tristemente suspendida en un limbo ominoso.

Recurro a una ambientación virtual de cafetería para escribir este artículo, un Starbucks de Viena, cuyos sonidos de fondo incluyen el arduo tecleo de una laptop que se confunde con la lluvia. Este hábito habrá de posponerse por un tiempo tan largo que podría olvidarse o caer en desuso, debido a la emergencia sanitaria que ha forzado al mundo entero a reestructurar su cotidianidad. Cuando mi cafetería favorita, Café Claudia (no se llama así, pero es como la conocen los vecinos de la Narvarte Poniente), a la que acudo a diario por mi capuccino mañanero, volvió a colocar mesas en la calle, mi alegría duró muy poco ante las restricciones que implica permanecer al aire libre y sin cubrebocas. La solícita Anita, cuyo bonito y sonriente rostro alumbra mis mañanas en el encierro, me explicó, no sin tristeza, pues no hace mucho presentó unas encantadoras cartas en forma de libro, elaborados por la propietaria, que el menú habrá de consultarse en el móvil. Además, como en todo establecimiento que respete a sus clientes, se medirá su temperatura y se les tomará tiempo, de manera que se limiten a consumir sus alimentos. Nada de sentarse a escribir y solicitar que te rellenen la taza.


¿Por qué hay quienes prefieren escribir en los cafés que en cualquier otro lado? ¿En qué residía su magia?, ¿y si una pobretona J.K. Rowling no se topa con el encantador The Elephant House, ubicado en el número 21 del Puente George, en Londres, y encuentra la inspiración (o conexión) para llenar varios cuadernos con las aventuras de un niño mago huérfano? He llegado a pensar que todo escritor es, en el fondo, una entidad capaz de integrarse a una pequeña muchedumbre sin formar parte de ella. Pongo en duda que James Joyce se topara de narices con su Leopold Bloom, devorando un emparedado de queso acompañado de vino tinto, en otro lugar que no fuera el Davy’s Barnes de Dublín. En otro café, La Habana, escribió Roberto Bolaño el borrador de Los detectives salvajes a través de la metaficción: el escritor que bebe un lechero espumoso al tiempo que escribe sobre Arturo Belano, que escribe mientras bebe un lechero espumoso en el Café La Habana. Este mismo, de ambiente bohemio y familiar, donde todos los rostros nos son familiares, escribieron también Gabriel García Márquez, Octavio Paz y Renato Leduc. Ahí abundan los inmersos en la escritura o en una intensa lectura. En el Café Claudia, por ejemplo, escribo rodeada de las mismas libretas sobre las que escribo (otra metaficción), forjadas por la mismísima Claudia, que forman parte de su negocio. Es casi como escribir en mi casa, pero rodeada de esa sutil marrullería que enmarca los pequeños cafés que abundan por aquí. Hay escritores que se han trasladado hasta París con la única idea de posesionarse de la mesa de algún romántico cafecito frente al Sena para que los espíritus de Cortázar, Gide, Sábato o Hemingway (un Nobel que definitvamente no podía escribir en otro lugar que no fuera un café al aire libre), le echen una mano en su gran proyecto literario. Y no pocas veces ha funcionado.


Pero volviendo a la pregunta inicial: ¿en qué reside el atractivo que los cafés ejercen sobre algunos escritores? ¿Por qué no hacerlo en nuestra propia casa? En algunos casos, porque no es posible encontrar un espacio que nos procure tranquilidad y soledad… en otros, porque la calma excesiva del hogar no permite una conexión emocional entre el escritor y ese mundo que empieza a rellenar el espacio en blanco. Alguna vez, Mónica Lavín me confío que algunos de sus cuentos eran producto de conversaciones susurradas en un café –un Vips cualquiera funciona– y no me sorprende porque los escritores, dicen, son chismosos profesionales, capaces de darle cuerpo y vida a los cotilleos intercambiados por un par de quejicas a sus espaldas: presta uno atención a los detalles sueltos, toma notas, les da forma literaria. De cualquier forma, no existen estudios que expliquen por qué el lado derecho del cerebro conecta inmediatamente con el ambiente de un café; cómo es que un sonido, una visión, un sabor puede dar pie a una obra literaria… o por qué determinados cafés –Les Deux Margots, Els Quatre Gats de Darío, el Antico Café Greco de Lord Byron, el Kennedys de Oscar Wilde, La Rotonde, de Fitzgerald, el The White Horse de la Generación Beat, o el Brasileira de Pessoa, cuya estatua de bronce funge de hostess a la entrada– ejercieron ese influjo sobre su célebre clientela.


Bastaba ingresar a un café para encontrarnos con nuestro doble sumergido en su laptop o en su libreta (prefiero lo segundo), como en el café de la antigua Gandhi de Miguel Angel de Quevedo, que hoy alberga el fantasma del muy querido José Vicente Anaya. Casi de puntillas ingresábamos al lugar (si bien el resto de la clientela no poseía esa delicadeza) y nos situábamos en la mesa que nos llamara como un presagio para convertirnos en reflejo de aquel. Y el doble tecleo ejercía sobre nosotros un vuelo vital y exacerbado sobre nuestra escritura. En aquel entonces, hace apenas unos meses (qué tajante división entre el antes y el después: no hace mucho despertamos con la noticia de que el mundo entraba en paro), lo único que podía contagiarnos era la energía de otro (u otros) escritor(es) de café, o simplemente el ambiente que resultaba ser propicio para ubicarnos en nuestro propio mundo. ¿Será que los escritores de café, que parecíamos eternos, de pronto nos colocamos en la fila más inmediata de las cosas condenadas a desaparecer por la amenaza del virus? ¿Tendremos que recurrir a subterfugios, como al que ahora mismo me conecto, para lograr un artículo más o menos decoroso?.



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