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domingo, 30 de agosto de 2020

Rapar a la mujer en el cine de la humillación a la liberación

 JUAN SANGUINO

Tomado de EL PAÍS

Madrid, España

La versión en acción real de Mulán no se limita a fotocopiar la original, sino que la reimagina a su aire. Sin embargo, sí hay una escena repetida: la noche de tormenta en la que Mulán se corta el pelo con dos tajos de una espada. Aquella imagen es la más recordada de la película porque Mulán perte­nece a un club, las princesas Dis­ney, donde tradicionalmente solo dejan entrar a chicas con melenas preciosas que requieren horas de cuidados. Al renunciar a su cabe­llo, Mulán se estaba quitando un lastre de encima.


Rapar a las mujeres ha funcio­nado como maniobra de humi­llación en todas las guerras. De ahí el impacto de ver a Natalie Portman en V de Vendetta, a An­ne Hathaway en Los miserables o a Lena Headey en Juego de tro­nos siendo despojadas de su fe­minidad y por tanto neutralizadas como seres humanos. Por eso re­sulta liberador cuando es la pro­pia mujer quien toma la deci­sión: Demi Moore en La teniente O’Neil, Jo en Mujercitas (vendía su cabello para ayudar econó­micamente a su familia en un ri­to de madurez que horrorizaba a la frívola de su hermana Amy, quien exclamaba: “¡Pero si era tu única belleza!”) o Char­lize Theron en Mad Max. Y si no, que se lo digan a Britney Spears, que se rapó sonriendo como si su rebelión fuese par­te del espectáculo: ese pelo, al que habían hecho coletitas con pompones, solo le había dado disgustos.


Este año Aves de presa in­cluía una pelea en la que Har­ley Quinn le ofrecía a su secuaz un coletero para que repartie­se hostias con más comodidad. Y cuando la Okoye de Black Panther tenía una misión en el mundo real y la obligaban a llevar peluca de incógnito, una incomodidad que ella no com­prendía, acababa utilizándo­la como arma arrojadiza contra los malos. Cada movimiento de reivindicación negra ha estado subrayado por la emancipación de los afros o por la renuncia a ponerse peluca: el pelo es a la vez privado y público. Estético y político.



 

Mulán, no por casualidad, se desprendía de ese estorbo uti­lizando una espada (un arma de violencia y un instrumen­to de honor) y acababa salvan­do China, pero ahora reclaman­do su feminidad y derrotando al villano, vestida de mujer, con la ayuda de un fular y un abanico. Cuando June se cortaba el pelo en El cuento de la criada, apro­vechaba para arrancarse un ras­treador que le habían insertado en la oreja: la liberación nunca fue tan literal.


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