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domingo, 30 de agosto de 2020

Evo Morales, un caudillo contrarrevolucionario

 Ocurrió hace pocos días. Una mujer de unos 70 años reco­rrió los hospitales de Oruro, en Bo­livia, en busca de oxígeno. Pade­cía el Covid 19. Se estaba murien­do. No tenía fuerzas para nada. Se sentía confundida, como si pensar le costara un gran esfuerzo.


En to­das partes le decían lo mismo. “La ciudad está rodeada por partidarios de Evo Morales. No dejan entrar los camiones con oxígeno”. Finalmen­te, la señora murió. Literalmente, se asfixió. Se llamaba Esther Morales. Era la hermana mayor de Evo. Fue como una especie de madre para el expresidente asilado en Argentina. Evo había dado la orden de sitiar la ciudad.


Esther Morales no era un caso extraordinario. Han muerto unos 40 bolivianos en las mismas cir­cunstancias. Fernando del Rincón, una de las estrellas de CNN en espa­ñol, a cargo del programa “Conclu­siones”, poco antes había transmiti­do un video de Mario Limanchi, un hombre humilde y elocuente de 65 años, implorando que permitieran el paso del oxígeno clínico porque, de lo contrario, moriría. El video lo había filmado la doctora que lo atendía como un último recurso pa­ra salvar a su paciente. La médico, muy conmovida, contó en “Conclu­siones” que Limanchi había muerto sin lograr su objetivo. Los sitiadores continuaron impidiendo el paso del oxígeno.


Estos episodios reivindican al go­bierno de Gonzalo Sánchez de Lo­zada (Goni) y Carlos Sánchez Ber­zaín, su Ministro de Defensa. Los dos en el exilio estadounidense desde octubre de 2003. Ambos tu­vieron que hacerle frente a una in­surrección de los cocaleros, dirigi­da por Evo Morales, mezclada con sindicatos radicalizados. A lo largo de varios meses murieron 69 per­sonas, 21 de ellas militares que de­fendían la ley y el orden. Inmedia­tamente se movilizaron las ONGS controladas por la izquierda y pre­sionaron al gobierno hasta hacerlo saltar. Ahora es evidente que pre­tenden hacer lo mismo: conseguir que el débil gobierno de Jeanine Áñez trate de impedir el asedio a las ciudades, cosechar algunas muer­tes y retomar el camino del acoso judicial que tantos réditos les trajo en su momento.


Ya han conseguido cooptar a la ONU, según se desprende de la car­ta que le enviara el expresidente constitucional boliviano Jaime Paz Zamora y otros 257 firmantes pro­minentes a Antonio Guterres, Se­cretario General de la Institución. Parece que no confían en Jean Arn­ault, diplomático francés, delegado personal de Guterres en la crisis bo­liviana y amigo de Evo Morales. Se ha parcializado.


Realmente, es sorprendente la posición de la ONU con relación a Bolivia. Se supone que en el ámbito regional diplomático la OEA sea quien lleve la voz cantante o principal en el asunto. Al fin y al cabo, la OEA es una ONU del hemisferio americano. Pero como Evo Morales es conocido en su entorno, y como se sabe exactamen­te quién es, de su desprecio total a las formas democráticas, y de sus víncu­los con la producción y el tráfico de co­caína, prefiere protegerse bajo el man­to mayor de Naciones Unidas.


A Evo Morales se debe la destruc­ción de la labor unificadora de los par­tidos que fortalecieron la república incorporando a los indios al país. El enemigo natural de Morales, aunque no había nacido, fue el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), y su jefe Víctor Paz Estenssoro, quien lan­zara la revolución en 1952. De esa re­volución surgen el sufragio universal efectivo, los esfuerzos por alfabetizar las zonas rurales, la reforma agraria y la discutible nacionalización del esta­ño.


Mientras la revolución de 1952 se propuso unificar y modernizar a Boli­via, Morales, cuando ocupa el poder en el 2006, intenta recuperar un mun­dillo precolombino imposible de res­tablecer. De cierta manera, es y actúa como un caudillo contrarrevoluciona­rio. Por eso declara el “Estado Unita­rio Social de Derecho, Plurinacional, Comunitario Libre, etcétera, etcétera” y oficializa las 37 lenguas que se ha­blan en el país, aunque sólo se utilicen abundantemente el quechua (24%) y el aymara (18%).


Evo, enfermo de antioccidentalis­mo, no entiende que, para bien o pa­ra mal, el mundo ha unificado el desa­rrollo tras la huella de Occidente. Más aún: la idea del progreso es netamen­te occidental, como han comprendido los japoneses, los chinos y los surco­reanos. Mientras tanto, Evo Morales quiere ganar una guerra perdida en el siglo XVI. Pobre hombre. [© FIRMAS PRESS]


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