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martes, 28 de julio de 2020

Transmisión: ¿segunda ola de la Covid-19?

La respues­ta simple es, NO. La explica­ción manifies­ta y palpable es que, cuando se elimina­ron los bloqueos, las per­sonas comenzaron a mo­verse más y los infectados comenzaron a transmitir el virus, una gran carga viral comunitaria (es decir, mu­chas personas infectadas asintomáticas), se convier­te en una onda de expan­sión.

Después de un esfuer­zo descomunal de muchos estados, de quedarnos en casa, y eliminar los agrupa­mientos; la mayoría de los estados comenzaron a le­vantar las restricciones a fi­nes de abril o principios de mayo.

Permitir algunas sema­nas para que se desarro­lle la enfermedad lo lleva a principios de junio, cuando los casos comenzaron su pi­co más reciente. En nuestro país, fuimos más lejos, lle­gamos a finales de junio y luego salimos cual caballos descontrolados a volcarnos en una orgía de transmisión desmedida.

Falsamente nos hemos convencido en que esta pandemia ya desapareció, tal vez fruto irrestricto de la negación de una realidad que nos enfrenta a refutar lo que somos culturalmen­te, o tal vez por la necesidad imperante de una econo­mía que nos obliga a pen­sar primero en los bolsillos que en la salud. Esa ha sido la historia de todas las gran­des pandemias, para ello, se ha delimitado que las mis­mas sean manejados con principios básicos: vigilan­cia, interrupción de la trans­misión, y aumento de la ca­pacidad de prevención y tratamiento.

Guía de respuestas


No obstante, en la preparación para el abordaje de las pandemias debemos ser genéricos, el mundo tiene una guía de cómo responder y prepararnos para las mismas, algo en el que los 194 países miembro de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se pusieron de acuerdo: el Reglamento Sanitario Internacional (RSI).

El RSI es una guía tanto para la preparación como para la respuesta de emergencia y, en gran medida adecuados para su propósito. Para resumir una historia muy larga, todo lo que el mundo tiene que hacer para estar preparado para la próxima vez es implementar esas regulaciones. Desafortunadamente, eso es más fácil decirlo que hacerlo.El RSI remonta su origen a las epidemias de cólera que sacudieron Europa en el siglo XIX e inspiraron el primer tratado sanitario mundial, la Convención Sanitaria Internacional de 1903.

Tras la fundación de la OMS en 1948, adaptó esto al Reglamento Sanitario Internacional, en 1969 fueron actualizados. El objetivo era prevenir la propagación de seis enfermedades: cólera, peste, tifus, fiebre recurrente, viruela y fiebre amarilla. Sin embargo, este reglamento es utilizado en momentos de crisis, pero en la etapa de seguimiento muchas veces apremian las características locales y particulares de cada país.

En nuestro caso, tomamos las medidas correctas de interrupción de la transmisión, a nivel tal que nos ubicamos en cifras de porcentajes de infectividad bastante considerables, redujimos la mortalidad, blindamos el sistema de salud y respuesta, hicimos pruebas rápidas, buscamos de forma activa los casos sintomáticos, y colocamos a los asintomáticos en aislamiento domiciliario y hospitalario. Pero vino el deseo irrestricto de la avalancha electoral, la negación de la transmisión y la confianza en que todo ya había pasado, el uso de medicamentos que no tienen probada función de prevención como la ivermectina, y la sensación de protección que falsamente brinda a quienes la usan. En conclusión, bajamos la guardia. En la actualidad vemos perplejos las imágenes de los hospitales abarrotados, con una ocupación mayor a la que pensamos tendríamos en esta época, los jóvenes salieron a festejar, y a llevar consigo al virus y compartirlo con sus seres queridos en la casa.

¿Qué podemos hacer al respecto?, una vez un patógeno encuentra la posibilidad de expandir su capacidad de replicación (esa es su razón de ser), debemos agotar el curso de su interacción con el hospedero. En el caso del SARS-CoV-2 esto implica ciclos de transmisión de al menos 14 días, significa que tendremos una ola de sintomáticos después de la transmisión en expansión a partir del ciclo de la primera semana de julio, y que podría continuar replicándose hasta los próximos ciclos virales, es decir, una tras otra durante 15 días contiguos, llevándonos al final del mes, y continuando al siguiente sino se toman las medidas restrictivas iniciales.



El concepto del distanciamiento y la cuarentena se crea para romper la cadena de contagios, reducir la carga viral comunitaria, y sin hospederos donde replicarse, el virus debería cesar su circulación. Esto fue lo que lograron los países como Corea y Egipto ante el brote del MERS, y China en el SARS. Nosotros en el continente Americano tuvimos tres meses de ventaja para prepararnos y asegurar el menor impacto de la pandemia, sin embargo, no fue así, nos agotamos muy rápido, y retrocedimos al primer paso de la contención y mitigación de las pandemias.

Basado en las dinámicas virales como las del SARS-CoV-2 estamos ante la posibilidad de una transmisión continua, y que podría alargarse hasta finales del 2020, solo si entendemos que las medidas de prevención que se han incorporado a nuestra realidad social tienen un continuo de implementación. En esto, todos debemos jugar un rol activo y no simplemente ser sociedades pasivas que esperan que el rector de las políticas de salud nos castigue con multas y medidas impositivas. El SARS-CoV-2 se ha acostumbrado a su nuevo huésped, nosotros, y somos nosotros los que podemos extirparlo de nuestro entorno. No esperemos a la segunda ola de transmisión, actuemos ya, sus efectos podrían ser peores a los que ya tenemos.

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