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domingo, 26 de julio de 2020

Los viajes de Gulliver

Luis Beiro
La estructura humana es peculiar. Aunque algunos difieren del apotegma, el hombre y la mujer poseen dos oídos y una sola boca para rozar el límite: hablar poco y escuchar mucho. En apariencia, practico poco esa virtud porque me gusta chistear en voz alta la cotidianidad sorpresiva. Lo hago para provocar. Es una forma de llamar la atención y conocer lo que otros piensan. Los más discretos, me miran al pasar y temen exhibir sus facultades comunicativas, aunque no me pueden engañar: la intensidad de sus miradas los delata.

Generalmente, la historia se cuenta desde arriba, Pero algunos preferimos el relato profiláctico, sangrante como la nueva piel de la serpiente, cambiada en el instante de su posible muerte ante el contagio.

Juan fue un gran amigo. Tenemos posiciones políticas encontradas, pero repito, fuimos grandes amigos. Acudía a su vocación de servicio ante cualquier avería doméstica. Siempre lo hacía con mirada sincera y amistad a prueba del tiempo. Además, el sabe que no vine a la República Dominicana en busca de fama, y de ni fortuna.



Días atrás sostuvimos un encuentro que no terminó como debía debido al tema político. Nunca he entendido la pasión nacional por el partidarismo fanático, ese que rompe familias, corazones y esperanzas como si fuera a solucionar los problemas del mundo.

En aquel encuentro, Juan comenzó hablando del Covid-19 y me sentí feliz a descubrir en sus palabras criterios acertados. Pero en un momento, el tema tomó otros matices y me asombré al escuchar frases muy fuertes sobre la realidad de Venezuela, y del conflicto de los emigrantes cubanos durante 61 años.

-Los imperios se destruyen desde adentro –me dijo.

No quise continuar aquel diálogo inútil que solo conduciría a terminar para siempre la hermosa amistad que nos unía. Le cambié el tema de forma inesperada, como cuando un mago saca una paloma del sombrero en vez de un esperado pañuelo multicolor.

Antes de levantarse de su asiento y marcharse, me miró con extrañeza. Un raro sentimiento se había apoderado de su ser.

Creo que aquella salida abrupta reactivó una vieja herida propia de quienes soñaron con un vecino rojo y libre. Y al verlo partir solo pude pensar en el cuento del cuchillo filoso, al cortar la piel de su propio dueño. 

Hace unos años le escribí a una persona que vi nacer en la Cuba de mi juventud. Ese joven se hizo músico y, guitarra en ristre, abandonó la isla. Mis noticias le llegaban en forma de consejos muy personales, de esos consejos que solo le brindo a mis hijos cuando creo que el mundo se les va a caer encima.

El joven, emocionado, reconoció mis advertencias y, entre su entusiasmo, rediseñó una intención que no dejó de preocuparme.

-Al fin, soy un hombre libre –me afirmó.

Antes de responderle, pensé en aquella frase ambigua por unos días.

Miré la hoja digital a donde iría a parar mi sentir por aquella ligereza, como si estuviera frente a sus propios ojos, y mis ideas fueron tomando forma.

“-No busques la libertad en el mundo a tu alrededor, ni en eufemismos pasados de moda, porque jamás la vas a hallar. Búscala siempre dentro de ti mismo”.

En aquel momento, ese que vi nacer todavía no estaba listo para entender la estructura corporal. Posiblemente pensó refutarme la importancia de hablar poco por la única boca que Dios le dio. Olvidaba otra razón más poderosa aún: por una sola nariz se cuecen dos orificios para transpirar el aire.

Su caso y el de Juan me devuelven a la realidad bíblica que, supongo, repiten a lo largo y ancho del mundo quienes ofician la misa en los templos católicos:

“Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,  el valor transformar las cosas que sí puedo y la sabiduría para conocer la diferencia entre ambas”.

Hoy sé que el demonio es un ave sobre nuestras cabezas. Con él sobrevivimos, al igual que Gulliver al llegar a la tierra equivocada en busca de tesoros. Al chocar con la realidad, se descubrió a sí mismo: solo era un infeliz liliputiense incapaz de ser tomado en cuenta.

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