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viernes, 26 de junio de 2020

Lenguaje y reflexión histórica en el libro de Soto Jiménez

Rafael Nuñez
Santo Domingo, RD
Por muchos años, tratadistas y lingüistas de todas la latitudes han dedicado cantidad de horas de reflexión y estudio acerca del origen del lenguaje a los fines de establecer con claridad ese enigma y las complejidades de su desarrollo y uso.

Entre no pocos expertos de la lingüística hay diferencias respecto a si el lenguaje es una invención cultural o éste constituye un instinto humano que se ha venido construyendo hasta llegar a lo que conocemos hoy y que nos permite comunicar nuestras ideas y sentimientos.

Por su universalidad y complejidad, las lenguas humanas son un descubrimiento objeto de investigaciones profundas, a los fines de establecer sus estructuras, significados, giros y la diversidad que encontramos en una lengua en un país del mismo origen étnico, incluso.

Desde que Filípides corrió desde Maratón, en Atenas, hasta Esparta para comunicar que las tropas de Darío habían sido vencidas por los atenienses, en el año 490 antes de Cristo, en la Primera Guerra Médica, el lenguaje es un paradigma de precisión ingenieril.



Aún en las refriegas griegas contra los persas, pasando por los tronos imperiales romanos, bizantinos y más, existe la creencia de que las diferencias en clases sociales no solo se da en el plano económico, sino en el lenguaje, lo que ha dado pie a subestimar la particular forma de expresión de los sectores no instruidos.

Para ciertos lingüistas, es una falacia la aseveración de que los trabajadores y los estratos de la población con menos instrucción educativa emplean un lenguaje empobrecido al que hay que menospreciar.

El destacado profesor de psicología Steven Pinker, de la Universidad de Harvard, afirma que defender ese criterio es “una perniciosa ilusión, pues aduce que “para construir frases tan sencillas hay que utilizar docenas de subrutinas para organizar las palabras de forma que puedan expresar un significado.

Pinker aporta un argumento: “Pese a los esfuerzos dedicados a ellos desde hace años, no existe aún un solo sistema artificial del lenguaje que sea capaz de replicar el lenguaje que usa el hombre de la calle, salvo los robots HAL (de 2001: Una Odisea del espacio) y C3PO (de la guerra de las galaxias)”.

Para este prestigioso estudioso, no se puede establecer diferencias de categorías en el inglés y el castellano como idiomas, por solo citar dos, ante aquellas variantes de esas lenguas con las que se comunican núcleos importantes de poblaciones y cataloguemos su habla como dialectos, sin que se puedan establecer diferencias sustanciales.

Refiere Pinker que “el mito de que los dialectos de una lengua cualquiera son gramaticalmente defectuosos está demasiado extendido”, y cita que “en 1960, algunos sicólogos educativos bien intencionados anunciaron que los niños negros norteamericanos habrían sufrido tal privación cultural que carecían de una auténtica lengua, y que se hallaban confinados en una modalidad alógica de conducta expresiva”.

Concluye que “si estos estudiosos hubieran escuchado las conversaciones espontáneas de los niños, habrían redescubierto el hecho sobradamente conocido de que la cultura negra de Norteamérica se caracteriza por un abundante uso del lenguaje; más aún, la subcultura de los adolescentes callejeros es famosa en los anales de la antropología por la importancia que concede al virtuosismo lingüístico”.

Como Norteamérica, el Caribe y de manera especial la isla de Santo Domingo, es una mezcla de razas, por ende de culturas y lenguas particulares. La intervención de razas traídas de otros continentes para sustituir la mano de obra autóctona es un hecho trascedente para poder explicar el origen del mosaico de lenguas que se habla en las Antillas. En el caso particular de la isla que compartimos Haití y República Dominicana, convivimos dos culturas diametralmente opuestas.

Dos pueblos que tienen su propia identidad. Así como no hay dos personas idénticas, tampoco hay dos países iguales, aún cuando esas dos sociedades se comuniquen con el mismo idioma de origen, que no es el caso de la Hispaniola.

Para bien o para mal, la geografía ha sido un factor predominante en el devenir histórico de los pueblos. Aunque en el caso particular de la isla donde habitamos los dominicanos, antes de la llegada accidentada de los españoles había una población con idioma y costumbres distintas a la de los conquistadores. Los taínos tenían una forma de vivir y de actuar, una cultura que fue modificada por la interferencia de los españoles, de la importación de negros africanos y la llegada de los franceses, estos últimos en menor proporción.

Dominicaneando

República Dominicana es eso: un arcoíris de cultura diversa acentuada por una españolidad que conservó la mayor porción territorial de la isla tras una larga batalla por la supremacía colonial europea en la zona.

La historia dominicana, contada como en muchos otros de sus libros, en el lenguaje criollísimo nuestro, la gracia y el color de la pluma del escritor José Miguel Soto Jiménez, desentraña aspectos relevantes de las raíces en el ensayo que tituló “Dominicaneando, los tres nombres del después de siempre”.

Citando a los cronistas, Soto Jiménez aduce que cuando llegó el Almirante a la isla, había otras lenguas que usaban los taínos, que se empleaban en todas las Antillas.

Las circunstancias históricas de la formación de nuestra identidad, donde diferentes razas llevaban a cabo tareas comunes surgiendo de esa relación laboral una jerga común, es a lo que Steven Pinker llama “dialecto macarrónico”.

Asevera que la relación entre los primeros españoles llegados a la isla con los indios, los conquistadores “castellanizaban sus voces como la oían, y así lo anotaban en sus interesantes textos”. Y cita a Bartolomé de Las Casas cuando señala que “Todas estas islas hablaban una sola lengua”. Lo que se modifica con la conquista y colonización.

“Sin embargo”,-señala Soto Jiménez-“no sabemos cómo le llamaban los aborígenes a su propia lengua, consintiendo casi todos que era armónica, algo musical y bella”.

Un factor que pone un sello identitario a la dominicanidad son los nombres, voces y términos aborígenes referidos por el autor como determinantes en la cultura dominicana.

“Es una solera, un sedimento, una sarruma, un concón, que en cambio cual condimento sazona, dándole sabor, consistencia y sentido a ese potaje insufrible y mezclado que somos. El efecto es claro, las palabras se multiplican, se transforman, mutan, se ayuntan como la gente con otras palabras, aunque en el mundo de las ideas prevalece su esencia original”, subraya Soto Jiménez.

Esa mixtura de lenguas a la que hace referencia Soto Jiménez en su ensayo es la que el lingüista y sicólogo Pinker hace referencia al dialecto macarrónico, como había citado.

Para el profesor de la universidad de Harvard “Los dialectos macarrónicos son cadenas inconexas de palabras que se tomaban prestadas del idioma de los colonizadores o de los dueños de las plantaciones con una enorme variabilidad en el orden de palabras y una exigua gramática”. Otros estudiosos señalan que un dialecto macarrónico se puede convertir en una lengua franca y hacerse más complejo con el transcurrir de los años, como sucedió con el inglés macarrónico (Pidgin English).

Soto Jiménez acierta en su obra al decir que los dominicanos somos lo que hablamos. Que tenemos una identidad nacional, que no genética, sino cultural que está repleta de los condicionantes aborígenes, presentes en la cantidad de palabras indígenas que usamos en nuestro lenguaje coloquial.

Para rematar con lo que ha sido una constante en sus reflexiones, en su nuevo libro “Dominicaneando”, Soto Jiménez recrea la historia, las costumbres y nuestra forma de hablar como énfasis de lo que su prosa ha tomado como estandarte: la dominicanidad. Jesús, María y José.

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