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sábado, 5 de enero de 2019

Una sociedad atrapada por el frenesí del alcohol

Guarionex Rosa | ANALISTA POLÍTICO
El alcoholismo, alentado por la publicidad y las anuales aperturas de los grifos durante las celebraciones mundanas, no da muestras de ceder pese a las tantas advertencias de los médicos sobre el daño que hace el consumo de las bebidas espirituosas.

Hace años en el Congreso se legisló para que en las botellas de bebidas, así como de cajas de cigarrillos se insertara un párrafo que advertía que el consumo de ambos es perjudicial para la salud. Los publicistas se ocuparon de colocar “excesivo”∑ O inventaron “toma con responsabilidad”.

Es decir que sobre esas disposiciones legales la publicidad pide consumir aunque anteponen su premisa de “con moderación”, lo que no hacen los dominicanos bebedores que consideran un imposible celebrar alguna actividad sin consumos corridos.

Don Rafael Herrera, célebre director de LISTIN DIARIO durante muchos años, aconsejó a la gente regalar un libro en lugar de un litro durante las navidades, concitando aprecio y risa entre los lectores. Su consejo ha sido abrumadoramente ignorado.

Hace algunos años el periodista Huchi Lora comenzó una campaña nacional para prohibir los fuegos artificiales, que cada año provocan muertes y quemaduras en adultos y niños. Su promoción contra el ruido peligroso duró poco.

La brutalidad que prevalece en el Ministerio de Interior y Policía, del cual solamente se conocen actuaciones cuando abre el grifo para beber alcohol durante las fiestas navideñas, ha roto todos los conceptos y los consejos hasta de los médicos bebedores.



Bebida por impuestos
Detrás de todo está el afán de los gobiernos por recaudar dinero de los contribuyentes, sin tomar en cuenta que los hospitales se llenan cada período de fiestas de accidentados a los cuales el Estado tiene que suplir de gastos médicos y alimentos.

Las estadísticas son incontables de muertes en las carreteras en que se ven envueltas patanas, camiones, carros y sobre todo motocicletas, las últimas en su mayoría desprovistas de placas y sus ocupantes de cascos protectores como manda la ley.

Que le quitaran el nombre a la AMET y le pusieran Digesett en nada contribuye a resolver el problema, como tampoco los informes bobalicones del COE de que el año pasado o antepasado ocurrieron más muertes en las carreteras que el último.

Los que destruyen las barandas de Obras Públicas que protegen las avenidas interurbanas justamente para evitar accidentes, nunca pagan, como tampoco sus seguros. Ante el juez se averigua y juzga si hubo muertes y heridos. Y el Estado sale perdiendo.

Cuando el profesor Bosch dispuso que los saloneros del Palacio Nacional sirvieran refrescos, sodas y agua de coco durante las reuniones y recibos que se hacían en ese recinto, la plutocracia dominicana miró pronto con desdén los gustos sobrios del nuevo gobernante.

 Alcoholismo general
Como el viejo merengue haitiano, el alcoholismo es general. No puede tener menor rango porque la población abstemia ha sido reducida a una esquina.

Los hombres que no beben pierden el grupo de amigos, simplemente no caben y se les cree no confiables.

En mi época de párvulo durante el año que pasé a trompicones en el Colegio Salesiano de María Auxiliadora, una de las cosas que nunca entendí era que uno de los padres llegaba al curso con un fuerte olor a alcohol que trataba de disimular con buena dosis de perfume.

Como vivía en obediencia, castidad y pobreza quizás no era de su conocimiento  que un componente de la perfumería es el alcohol, pero que rociados al cuerpo lo asociaba al mal olor. Con pésimo temperamento solía dar pelas con correa a los estudiantes de mala conducta.

Nunca me aplicó esa disciplina pero estuvo a punto porque el día de la primera pela dada a un muchacho travieso, la correa se rompió y amenazó con continuar las fuetizas al día siguiente cuando la mayoría se presentó “orejona” y hubo varias ausencias.

El alcoholismo entre los sacerdotes es algo bastante detallado en investigaciones que ha hecho la Santa Sede, como ahora averiguan todo lo que tiene que ver con la pederastia, lo que amenaza con un desmadre en las instituciones que componen ese credo.

Durante mi estadía en Washington, D. C., como Cónsul General, fui invitado a un coctel por el colega de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Asistí, pese que no teníamos relaciones con ese país, porque le daba apoyo a estudiantes dominicanos en tránsito.

En la conversación me dijo que uno de los grandes problemas de su país era el alcoholismo, que los soviéticos tomaban más vodka que agua y que el Estado, que era socialista, perdía mucho dinero en los problemas de la salud y en los accidentes.

Se puede vivir sin beber
La creencia de que no se puede vivir sin beber es infundada a la luz de la historia de la humanidad. Los científicos dicen que lo que necesita la gente para subsistir son agua, alimentos, vegetales, frutas y granos. El abrazo a la comida “vegan” crece en el mundo.

Mi distancia de las bebidas nace de que en la casa paterna de nueve, cinco hijos y dos hijas, padre y madre, nunca entró una botella de alcohol, nunca uno de los hijos tomó ni toma y todos están vivos y en buena salud, quizás gracias a que son abstemios.

Afecciones por montón
La familia sigue los consejos de los médicos que a diario reciben “clientes” con problemas hepáticos, de corazón, los riñones, las vías digestivas y la garganta. Si tomar alcohol fuera el único problema quizás el mundo viviría mejor. Ay lo que provocan  las bebidas...

En esa época de Washington, D.C., solía almorzar en un restaurante del Dupont Circle, remante de la cultura hippie que se llamaba Food for Thought (comida para el pensamiento). Allí se servían nada más que jugos, café, té, cidra de manzana tibia y agua.

Es interesante. Me hice amigo de la cantante afroamericana Julia Nixon, de Julia and Company y de su excelente pianista, David Ylvisaker, que extrañamente, para las mutaciones frecuentes en los grupos musicales siguen unidos y se presentan en los clubes de jazz del D.C.

El restaurante era una excepción porque el D. C., en esa época de los años de 1980 era y sigue siendo una ciudad alcohólica.

Después de los trabajos en el Congreso, en organismos internacionales, las embajadas y el centro financiero, los jóvenes iban a beber de lunes a viernes.

Como una ciudad con gran mayoría de hombres y mujeres solteros y con salarios que superan la media nacional, los “tiradores de cantina” estaban en las barras al atardecer. De ahí se iban a sus casas “tocados” hasta repetir la historia al día siguiente. El fin de semana era otra cosa.

Allí estaban como los dominicanos ahora: al nacer brindan, cuando van a las universidades también, repletan de barras; si cumpleaños, si muere un familiar, si salen del país, si regresan, en cada feriado, muchas veces en cada comida. Abundancia de vinos los que pueden.

La República Dominicana le compra licores a todo el mundo no obstante que los precios han subido. Las bebidas alcohólicas se publicitan en las horas en que los niños ven televisión. El  tema no está en la agenda de las pastorales. No puede porque hace algún tiempo, un obispo bendijo un almacén de cerveza.

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