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sábado, 5 de enero de 2019

Deportados hacia el olvido

Marta Quéliz
Martha.queliz@listindiario.com
Santo Domingo
De caminar lento y hablar como se dice en buen dominicano “enredado”, es el primero de los entrevistados en esta historia. Apenas se pudo entender su saludo. Prestar atención a la mímica ayudó. Se recuesta en un sillón un poco alejado del equipo de LISTÍN DIARIO que le visitó en búsqueda de su historia.

¿Crees que desde allí se escucharán tus respuestas? “Verdaderamente no”, contesta con humildad y se acerca dispuesto a contar su experiencia luego de haber sido “deportado hacia el olvido”.

“Hace cinco años que retorné forzosamente a mí país. Cometí un delito, es cierto, pero al parecer esto me condenó a muerte. No soy un santo, pero ya pagué por lo que hice y aun así sigo tras las rejas entre las que me mantiene la sociedad por haber infringido la ley norteamericana”, cuenta con evidente tristeza Pablo Reynoso, un joven que acaba de cumplir 32 años.

La historia del segundo protagonista es de José Rodríguez, un hombre de 44 años que vio desvanecer sus ganas de echar hacia delante el día en que aterrizó el avión que lo trajo de vuelta a su país en muy malos términos. El narcotráfico le construyó un monumento a su vanidad y una tumba a sus pretensiones de ser una persona poderosa para ayudar a su familia.

“Nunca estuve más equivocado que aquel día en que dije sí, a la proposición de incursionar en un negocio ilícito. A mí no me enseñaron eso. Soy la vergu¨enza de la familia y una escoria para la sociedad”, cuenta mientras seca con disimulo las lágrimas que amenazan con robarle su hombría.

La tercera persona que confía, lo que llama su secreto, al equipo de reporteros es Carmen Mercedes, de 49 años. “Yo cometí un delito y estoy pagando por él desde hace varios años cuando me deportaron de Europa para acá. Fui acusada injustamente de pornografía infantil y jamás he vuelto a sonreírle a la vida”, testifica quien hoy trabaja en una banca de lotería.

Mientras atiende a sus clientes calla y deja claro que verdaderamente su pasado es secreto. Se asegura de qué quieren, les da un papelito, cobra el dinero y prosigue contando su historia entre lágrimas, impotencia y una aparente desorientación.

Los tres protagonistas de esta historia no se conocen, pero tienen en común una pena cumplida en tierras extranjeras, y una carga de culpa que la sociedad no les perdona.

También coinciden en opinar que hay personas que han sido deportadas y que se merecen una segunda oportunidad, mientras que hay otras que al parecer no han escarmentado.



“Joven y sin futuro”
Después que saludó entre dientes al equipo de reporteros, que se acomodó para contar su historia y que ofreció sus primeras palabras, hubo que esperar que Pablo Reynoso, de 32 años durara tres minutos llorando con las manos en su cara como queriendo tapar sus emociones.

“Ya. Eso fue algo inevitable.

Vamos a seguir con esto”, se entiende que dice, después de repetirlo por segunda vez.

Recuerden que habla “enredado”.

Él lo admite.

Sudando, pese a que el calor estaba siendo generoso en ese momento, prosigue: “Cuando a mí me agarraron, yo no pensé en prisión, no pensé en lo que significa estar tras las rejas…”, suspira y pronto se repone: “Solo me daba vueltas en la cabeza, ser un deportado. Tú no sabes lo que eso significa, más en nuestro país, donde mucha gente te trata como si tuvieras una enfermedad contagiosa”.

Hay lágrimas de por medio en ese momento. Toca esperar. Había que preguntar y él estaba dispuesto a responder, solo que un nudo en la garganta lo traicionaba. “Yo llegué a Estados Unidos faltándome poco para graduarme de licenciado en Administración de Empresas. Me salieron los papeles, dejé todo y me fui. Creí que las cosas iban a ser fáciles. No fue así.

Pasé mucho trabajo, porque casi yo llegando allá falleció mi papá”, de nuevo detiene el relato.

El tiempo que se toma para continuar, es aprovechado para, en la mente descifrar lo antes relatado. Hay que reiterar lo difícil que es entenderlo. Es inteligente.

Se entera de lo que está pasando y sonríe. Eso lo ayudó a reponerse.

“¿Le estás dando mente a cómo vas a escribir esto, verdad?”, sale una sorpresiva carcajada y permite ver que detrás de ese joven decepcionado de sí mismo, hay un persona que alguna vez saca a pasear el humor.

“Voy a aprovechar que me has hecho reír para decirte que en dos ocasiones he atentado contra mi vida. Le pido perdón a Dios, pero no es fácil. La primera vez fue al poco tiempo de llegar y que noté que esos amigos que me esperaban en el aeropuerto cuando yo venía, no estaban ahí ese fatídico día que me trajeron como deportado”, cuenta y hace una pausa leve.

Recuerda que solo parte de su familia fue a apoyarlo. Hay algunos que al día de hoy, no le dirigen la palabra. “Es que uno se convierte como en un perro sarnoso, que nadie se te quiere acercar para que no lo confundan o algo por el estilo”.

Se para y mira por la ventana de la pequeña terraza en donde recibió a los reporteros. Con las dos manos se acomoda el pantalón jean que lleva, pues por la falta de la correa, se le bajaba con facilidad. De regreso a su asiento dice: “Mi hermano mayor me ha ayudado bastante.

Y aprovecho para terminar de decirte que cuando falleció mi papá en Estados Unidos, mi mundo se derrumbó. Caí en depresión. Me fui a vivir con una tía, pero quería independizarme y progresar. Y vaya progreso que conseguí: entrar a un mundo que hoy me juzga, me niega la oportunidad de rehacer mi vida y por si fuera poco, me ha sentenciado a muerte por ser un deportado”.

Así termina su historia, mientras extiende la mano derecha para despedirse de los reporteros y “atacar” ese nudo en la garganta que de seguro querría eliminar antes de reintegrarse a su cotidianidad: ver televisión.

“Lo que nunca imaginé”
De pequeña Carmen Mercedes soñaba con vivir fuera del país, tener una mansión, viajar por el mundo y ayudar a su familia a tener un mejor estilo de vida. “Nunca imaginé que iba a terminar trabajando en una banca de lotería que ni mía es”, cuanta la mujer que hace 14 años fue deportada desde Europa a República Dominicana, acusada de pornografía infantil.

No tiene una cabellera abundante, pero los ademanes que hace con la cabeza, moviéndola de un lado a otro, dejan claro que ella sí cree tenerla. No es capaz de sostener la mirada, su actitud es esquiva, pero en todo momento mostró interés en contar su historia.

“Siempre he dicho que soy inocente, pero para la sociedad y el mundo soy una delincuente. Ese error del que me acusan acabó con mis sueños”, en este instante las lágrimas salen a borbotones como si tuvieran años contenidas. Había que esperar como también lo hicieron dos clientes que llegaron a la banca.

Se adueña de una valentía que no había dejado ver durante la entrevista. “Hoy con casi 50 años tengo pocas oportunidades de crecer. No me preocupé por estudiar ni hacer vida en mi país. Me fui muy joven a Europa y aunque al principio trabajé duró y me iba muy bien, me junté con gente que no me llevó por buen camino, pero no pierdo la fe”, admite mientras le pasa el papel de su jugada a un joven que le pidió un palé de 25 pesos del 67 con el 30. “Ojalá te lo saques, Joselito”, le vociferó al muchacho, que según comentó, es una buena persona.

Tiene dos hijos, ambos viven en Europa, y no es mucho lo que le mandan desde allá. Eso lo cuenta con tristeza, y los justifica: “Imagínese, quién quiere una madre que dé un mal ejemplo.

Aunque yo diga que no tuve nada que ver en ese negocio de pornografía infantil, ya la vida me condenó para siempre. Por eso fue que intenté suicidarme, y de esto no me pregunten nada más”, termina su relato y da media vuelta para calcular unos números.

Con un lapicero atado a su cabello, su colorida blusa, en esos momentos, emparada de sudor, y una evidente nostalgia por la vida que vivió y la que hoy vive, se despidió moviendo su mano derecha con timidez.

El narcotráfico lo marcó
“No es fácil contarle a la gente lo que se sufre cuando se es deportado por cosas como el narcotráfico. Aunque sé de personas que han tenido problemas pequeños, e igual lo traen de vuelta al país y todo el mundo las ve como un bicho raro”, cuenta José Rodríguez, quien con apenas 44 años, ve su vida desvanecerse porque la sociedad le ha negado todo tipo de oportunidades.

Sabe que no fue una gracia lo que hizo, pero le duele que el hecho de ser deportado, le ponga la misma estampa a todos los que son regresados a su país de esta manera. “No encuentro que sea justo que a alguien que lo hayan mandado por asuntos migratorios, lo traten igual que a mí que me mandaron por narcotráfico. De verdad que eso no me gusta”, lo dice dejando al descubierto que debajo de ese hombre con enorme cadena dorada, abundantes tatuajes, orejas perforadas y vestimenta estrambótica hay un ser humano sensible que ama la justicia.

De hecho, su apego a ella es lo que le lleva a asegurar: “Conmigo se hizo lo justo, lo que manda la ley. Yo no tenía derecho a infringir la ley de un país ajeno, bueno, tampoco la de aquí. Es decir, que yo me busqué lo que me ha tocado”, lo cuenta y baja la mirada tratando de arrojar sobre el piso la deshonra que esto ha provocado entre sus parientes.

Desde que fue deportado le ha costado conseguir qué hacer.

La “tacha” que lleva sobre sus hombres, y al parecer “en la frente”, le ha tronchado cualquier posibilidad de progreso. Todo esto junto a la vergu¨enza que siente su familia por tener en sus filas a un “delincuente”.

Este término es citado por él. Es el único momento en el que deja que las lágrimas rueden por sus mejillas. Saca un pañuelo con unas iniciales que deja ver con orgullo. L.A.R son las letras que tiene bordadas. “Es lo único que tengo de mi papá, un hombre al que quiero con todo mi corazón y al que le fallé. Todavía, no me ha perdonado, pero no pierdo la fe”, dejó saber mientras tapaba su rostro con aquel pañuelo azul cielo.

“¿No se molestan si les digo que ya no quiero hablar más?”, fue la pregunta que hizo para dejar por terminada la conversación en la que hizo hincapié en que hay deportados que se merecen una segunda oportunidad: “Aunque yo no sea uno de ellos porque el narcotráfico me marcó”.

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