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sábado, 27 de octubre de 2018

Cuando la desinformación y la suerte salvaron al mundo

Ricardo Pérez fernández | ECONOMISTA Y POLITÓLOGO
rperezfernandez@gmail.com | @perezfernandez
Mañana se cumplirán 56 años del término de uno de los episodios históricos más terroríficos por los que haya atravesado la humanidad: el fin de lo que hoy conocemos como la Crisis de los Misiles, lo que potencialmente evitó una guerra nuclear a escala global, gracias a la concretización de un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Lo interesante de este corto pero intenso capítulo de la historia contemporánea, es que se arribó a su resolución ---la mejor entre todas las opciones probables--- más por suerte y desinformación, que por cálculo y ejecución estratégica.

La crisis: entre el 16 y el 28 de octubre de 1962
En abril de 1962, tres años después del triunfo de la revolución liderada por el comandante Fidel Castro, este y el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de la URSS (en efecto, primer ministro) Nikita Jrushchov, iniciaron unas negociaciones secretas que culminaron con la decisión de instalar misiles de capacidad ofensiva y de grado nuclear en la más grande de las islas de las Antillas, a tan solo 144 kilómetros de la costa sureste de los Estados Unidos.

La CIA dio seguimiento cercano al inusual tránsito marítimo entre Cuba y la Unión Soviética en los meses de verano de ese año, pero en principio se pensó que el armamento que estaba siendo instalado era solo de tipo defensivo, y ante esto, en ese momento, el gobierno de los Estados Unidos no presentaba ninguna objeción. Mientras esto ocurría, diplomáticos y militares soviéticos garantizaban reiteradamente a las autoridades estadounidenses, que estos nunca instalarían armamento de capacidad ofensiva en Cuba.


El 15 de octubre, en un sobrevuelo rutinario de un avión espía modelo U2, los norteamericanos advirtieron la construcción de plataformas de lanzamiento de misiles tierra-aire, lo que les sugería que, muy probablemente, estas se instalaban con propósitos ofensivos. Al día siguiente, el 16 de octubre, el EXCOMM (Executive Committee of the National Security Council), órgano consultivo del presidente Kennedy para estos asuntos, contempla dos acciones posibles: un bombardeo estratégico en Cuba con el único fin de destruir estos misiles, o un bloqueo naval que colocara a la isla en una especie de cuarentena, con el propósito de interrumpir la cadena de suministro con la Unión Soviética. A pesar de poseer EEUU pruebas visuales, los soviéticos insistían en que no había en Cuba armamento de capacidad ofensiva.

Para el 20 de octubre, el presidente Kennedy ya había decidido la implementación del bloqueo naval, pero ese día, luego de recibir nuevas fotografías, este descubre la existencia de una especie de almacén fortificado para salvaguardar ojivas nucleares, algo que les hace pensar que estas, con trabajo laborioso, podrían ser convertidas en misiles activos en cuestión de días. La solución del bloqueo naval, si era respetado por los soviéticos, resolvía lo concerniente a nuevos ingresos de armas, pero nada resolvía con las que ya estaban allí.

El 22 de octubre, el presidente Kennedy habla a su país y al mundo y revela todo lo descubierto en Cuba, y mientras este pronuncia su discurso, el estado de defensa de las fuerzas militares conjuntas pasa de DEFCON (Defense Readiness Condition) 5, nivel propio de los tiempos de paz, a DEFCON 3: nivel que augura altas posibilidades de una conflagración militar. Al día siguiente, la Organización de Estados Americanos aprueba el bloque naval de Cuba, y el día 24 de octubre, se suceden acontecimientos que marcarían el primero de dos puntos álgidos de tensión.

Aquel día 24, los barcos rusos Gagarin y Komiles, con destino a Cuba, fueron interceptados por el buque de la Armada estadounidense, el USS Essex, a 500 millas de Cuba. Estos barcos, que presumiblemente transportaban armamento, estaban siendo escoltados por un submarino ruso que fue ordenado por los norteamericanos a emerger a la superficie. Si este desacataba la orden, esto podría significar el inicio del conflicto. En ese momento, para enfatizar la firmeza de la advertencia estadounidense, un general, sin previa autorización del EXCOMM en Washington, ordena elevar a través de una frecuencia de comunicación de radio no codificada ---para que los soviéticos se dieran por enterados--- el estado de defensa a DEFCON 2, el nivel más alto en que jamás se había colocado. Los soviéticos acataron el bloqueo, y ese día, 20 embarcaciones destinadas a Cuba retornarían a sus puertos de origen.

El 26 de octubre llega a manos del presidente Kennedy una carta del primer secretario Jrushchov, proponiendo la destrucción de todos los misiles apostados en Cuba, si EEUU aceptaba levantar el bloqueo naval y no invadir la isla. Cuando el presidente Kennedy se prepara para contestar favorablemente a esta misiva, el 27 de octubre llega otra, en prosa más retadora y belicosa, estableciendo la pre-condición de que para retirar los misiles instalados en Cuba, ellos, los estadounidenses, tendrían que retirar los misiles de capacidad ofensiva instalados en Turquía.

Ese mismo día se viviría el segundo punto álgido de tensión de la crisis: un avión espía U2 es derribado sobre Cuba, muriendo su piloto, y otro U2 entra inadvertidamente en espacio aéreo soviético. Aviones caza son despachados inmediatamente para interceptar al intruso norteamericano en dominio soviético, y cuando estos se aprestan a interceptarle, aviones estadounidenses irrumpen desafiantemente en el espacio aéreo de estos, para escoltar a su avión espía U2 hasta los cielos de la norteamericana Alaska. Aquel día, la densa y palpable tensión cedería hasta alcanzar el final negociado de la crisis.

El 28 de octubre, los soviéticos accederían al desmonte, bajo supervisión de las Naciones Unidas, de los misiles instalados en Cuba, y aunque Estados Unidos nunca lo haya reconocido formalmente, seis meses después, en abril de 1963, se concluiría con el desmonte de los misiles de capacidad ofensiva “Júpiter” instalados en Turquía, la condición exigida por Jrushchov en su misiva del 27 de octubre al presidente Kennedy.

Gracias a la suerte y a la desinformación
La Crisis de los Misiles se resolvió de la mejor manera posible: sin desembocar en un conflicto bélico de tipo nuclear, y sin que ninguno de los bandos haya sentido haber cedido demasiado, y justo aquí y por eso, empieza a esclarecerse el rol de la suerte y la desinformación.

¿Por qué planteó que ninguno de los dos bandos sintió haber cedido algo importante, cuando los soviéticos forzaron a Estados Unidos a retirar sus misiles “Júpiter” de Turquía? Porque los norteamericanos, antes de esta crisis, ya habían tomado la decisión de retirarlos por su nivel de obsolescencia. Aquí nos salvó la desinformación, porque, de haberlo sabido, ¿no hubiesen los soviéticos exigido otra cosa?, una posición de negociación que hubiese prolongado la situación, dando espacio a mayores posibilidades de un conflicto militar.

¿Qué hubiese pasado si las cartas enviadas por Jrushchov en días sucesivos hubiesen arribado en orden invertido, o tres días después? Aquí nos salvó la suerte, porque, de conformidad con la información existente, el próximo paso era, muy probablemente, una intervención norteamericana en Cuba, lo cual hubiese desatado un conflicto.

Pero, con elecciones de medio término a ojos vista para Kennedy, en un contexto político donde las cámaras legislativas, debido a las constantes provocaciones de Fidel Castro y antes de que se suscitara la Crisis de los Misiles, habían autorizado al presidente el uso de la fuerza contra Cuba, y donde la opinión pública favorecía mayoritariamente este curso de acción, lo más escalofriante de todo, es esto: luego de la crisis supimos que en Cuba no solo habían 100 ojivas nucleares, sino que además existían, aparte de los misiles tierra-aire, armas nucleares tácticas de corto alcance. Estados Unidos nunca tuvo la certeza de esto anterior, porque de haberla tenido, sin lugar a dudas, el bombardeo y la posterior intervención de Cuba se habría materializado. De haberse dado dicho curso de acción, hoy también sabemos a ciencia cierta que Jrushchov, en orden directa e inequívoca, dio la instrucción de que, ante un eventual bombardeo o intervención norteamericana en Cuba, estas armas, todas las que fueran posible, tenían que ser usadas. El presidente Kennedy y su EXCOMM nunca supieron esto.

Tras entender lo anterior, la conclusión solo puede ser una: en aquel octubre de 1962, la suerte y la desinformación articularon, a favor de la humanidad, su obra maestra.

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