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viernes, 22 de diciembre de 2017

Sin cena en la Nochebuena

Santiago Benjamín de la Cruz
sbenjamindelacruz@gmail.com
La Victoria, Santo Domingo Norte
Cada día es un nuevo reto para Ana María Gómez, de 54 años. Se levanta a las cinco de la mañana a hervir guandules y sale a venderlos. Cuando regresa a su casa, rápidamente camina unos 100 metros a buscar agua donde una vecina, para después, si la necesitan, salir a limpiar a una escuela para que le den pan y leche para sus dos hijos enfermos.

Ana María no recuerda la última vez que pudo hacer una cena navideña. Sus recursos son mínimos y a veces no dan ni para la comida. Vive de la caridad de sus vecinos, pues en muchas ocasiones los guandules no se venden, se termina la leche y el pan en la escuela, y si nadie le regala alimentos se queda sin comer junto a sus hijos especiales.

Su delgado cuerpo, grandes ojeras, dentadura incompleta y ropa gastada, evidencian la pobreza extrema en la que Ana María ha vivido durante muchos años. Aparenta de más edad, todo por el trabajo que ha pasado en sus 54 años.

En la humilde sala de la casa prestada en la que vive, ubicada en la Loma de Félix, calle Tercera, de La Victoria, Santo Domingo Norte, Ana María cuenta que la comida es lo más importante para ella, porque es lo que más le hace falta. Han sido tantos sus días de hambre, que para ella es imposible contarlos.

Cuando se ve entre la espada y la pared, tiene que recurrir a pedir en la calle, hasta reunir, por lo menos, una cantidad que le permita comprar comida o los medicamentos para sus hijos.

“En muchas ocasiones pasamos hambre, pero Dios sabrá. Yo hago lo imposible por mis hijos, pero a veces no consigo nada. En esta semana fui donde las monjas a buscar una caja navideña y ya se habían acabado, eso quiere decir que no tenemos comida para los próximos días”, expresa con la mirada perdida.

Rodeada de sus dos hijos especiales, Ana María cuenta que en un pequeño “fogón” al lado de la vivienda prestada en la que vive, la cual tiene que abandonar en los próximos días, carga la leña para cocinar los alimentos que tiene que dividir para el desayuno, la comida y la cena.

“Para los próximos días no tengo absolutamente nada para comer, si los vecinos o alguien me da, es que podremos comer algo”, revela Ana María.


Desde hace 27 años, cuando nacieron los mellizos de Ana María, llamados Joan Manuel y Yokasta Gómez, ella no ha podido trabajar, porque ambos son especiales. La hembra nunca ha hablado y es muy agresiva. La han llevado a varios médicos y no hay un diagnóstico, mientras que al varón le dan fuertes dolores de cabeza y tiene problemas para hablar, caminar y en su brazo derecho.

“Desde que mis hijos nacieron no he podido trabajar, porque a medida que va pasando el tiempo, la hembra se pone más agresiva y no se puede quedar sola. El varón me ayuda, pero como él también tiene problemas, no puedo dejarlos solos mucho tiempo”, precisa.

Mientras continuaba la conversación, Joan Manuel intervino en varias ocasiones y decía: “mami, pero vamos a buscarle el número por si alguien nos quiere ayudar, porque aquí no tenemos ni comida”.

Sumergidos en la pobreza
La casa donde vive Ana María junto a sus dos hijos está prácticamente vacía. Le regalaron una estufa, pero se dañó, lo que la obliga a cocinar en un fogón. No tiene nevera, por lo que cuando le dan leche y tiene la posibilidad de cocinar algo, debe ir donde sus vecinos para que se la guarden y no se dañe.

Cuando cae la noche, prepara a sus hijos para dormir, y cuando logra que ambos estén durmiendo, toma una cobija, varios “trapos” y se acuesta en el piso, pues no tiene cama.

Durante la noche Ana María tampoco puede descansar, porque su hija suele levantarse por sus crisis, situación que la ha obligado a llamar en varias ocasiones al Sistema Nacional de Emergencias 911.

La mujer de 54 años además debe cuidar a su expareja, que también está enfermo.

“Él se enfermó de la presión y de la cabeza y a quien llamaron fue a mí para poder atenderlo, y desde hace dos años también tengo que hacerme cargo de él”, dice.

Tratando de verle el lado positivo a todo, Ana María dice: “Esta situación no es fácil mi hijo, pero yo sé que con Dios delante vamos a ir avanzando”.

Debe comprar medicamentos
“Mi hija se me pone mala si tiene hambre, y si no tiene los medicamentos puestos se pone sumamente agresiva. Los médicos no me han dicho qué ella tiene, solamente dicen que le dan crisis, mientras que a él le dan muchos dolores de cabeza y también hay que medicarlo”, expresa Ana María.

Sosteniendo varios medicamentos en sus arrugadas manos, revela que cada mes debe gastar, aproximadamente, RD$7,000 en medicinas para sus hijos, y ese dinero lo reúne de la caridad de los demás y de lo que puede conseguir vendiendo guandules.

“Es muy difícil cuando llega el fin de mes y no tengo ese dinero, porque la hembra se me pone agresiva y rompe todo”, cuenta cabizbaja. 

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UNA VIVIENDA SIN AJUARES NI ADORNOS
NECESIDAD: Cada semana, Ana María lava la ropa de sus hijos y la de ella a mano, porque tampoco tiene lavadora. Cuando le toca hacerlo, primero se va a vender los guandules y después da, al menos, ocho viajes con dos cubetas de agua a casa de una vecina y comienza a lavar.

“A veces mis vecinos me prestan una lavadora, pero imagínate, es cuando ellos me digan, porque me ayudan casi con todo y no puedo molestar. Puedo decir que mis vecinos son muy buenos”, expresa.

Cuando el equipo del LISTÍN DIARIO llegó a la vivienda, Ana María caminaba en dirección a su casa con dos cubetas de agua, la ayudamos con una, e inmediatamente surgió la pregunta: ¿Cómo puede cargar tanto peso caminando más de 100 metros? Su respuesta fue inmediata: “Mi hijo, tengo que hacerlo, si no cargo el agua nadie lo va a hacer por mí”.

Ana María pide que le ayuden a terminar su vivienda, porque en los próximos días la sacarán de la casa prestada en la que vive.

“Yo duermo en el piso y por eso me gustaría también tener una cama. Y también comida, eso es lo más importante para nosotros, porque pasamos mucha hambre”, precisa.

Ana María tiene un solar cerca de la casa prestada donde vive. Ahí ha iniciado una humilde vivienda, a la que le ha levantado cuatro paredes con lo poco que consigue.

“A la casa le falta todo. Mi sueño sería poder tenerla terminada y en condiciones. Poder tener comida para mis hijos y para mí. Tener una cama, porque ahora duermo en el piso y si aparece un trabajo también, para poder comprar comida”, añadió.





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