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domingo, 29 de octubre de 2017

La danza y el espejo

Andrea Tirado
Ciudad México
Tomado de “La Jornada Semanal”

En su cuento “Animales de los espejos”, Jorge Luis Borges narra la historia de dos mundos que en la época del Emperador Amarillo estaban intercomunicados: el de los espejos y el de los hombres. Cuenta Borges que una noche los habitantes del mundo especular intentaron invadir el mundo humano, por lo que fueron encerrados en los espejos y castigados a repetir eternamente todos los actos de los hombres: meros reflejos serviles. Sin embargo, eso no sería así para siempre. Borges advierte que algún día la gente del espejo se sacudirá su letargo mágico e irá despertando poco a poco, gradualmente dejarán de imitarnos y entonces volverán a romperse las barreras.

De todas las interpretaciones sobre los espejos, ésta es una de las más originales y, para este ensayo, ciertamente la más adecuada. En efecto, dependiendo de su estado físico o mental, quien se mira al espejo puede llegar a experimentar una suerte de desdoblamiento, despersonalización y disociación de su reflejo, como si ese otro del espejo dejara de imitarnos. En vez de un reflejo que nos copia, pareciera manifestarse un otro que no es nosotros.



En el mundo de la danza el espejo cobra un significado particular y se puede llegar a experimentar dicha disociación cuando un bailarín percibe errores en su cuerpo revelados por el espejo, pues existe una diferencia entre lo que el bailarín pretende (o cree) lograr, con lo que el reflejo expone como verdad. Ese vínculo se transforma en una relación amor-odio, de dependencia, de vanidad... pero, sobre todo, el espejo será una herramienta de trabajo: el medio que revelará los errores, una técnica para corregir el cuerpo, las posturas, los gestos. El espejo como instrumento y técnica de disciplina, es decir, para ejercer un tipo de poder.

Al hablar de disciplina viene a la mente Vigilar y castigar, de Michel Foucault. Las disciplinas son, según Foucault, “todos aquellos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones de los cuerpos, al mismo tiempo que aseguran la sujeción constante de sus fuerzas, estableciendo de tal manera una relación de docilidad-utilidad”. Con las disciplinas, “el cuerpo humano entra en una maquinaria de poder que lo desarticula y lo recompone”; un cuerpo manipulado “que se forma, se educa, obedece y se vuelve hábil”. Nace una “anatomía política” que define cómo se puede tener control sobre el cuerpo de los demás. La disci-plina fabrica cuerpos sometidos y ejercitados, es decir, cuerpos dóciles.



Mirar todo, vigilar todo

 El éxito del poder disciplinario reside en el uso y aplicación de distintas técnicas: una de ellas es la mirada jerárquica. Ésta supone un dispositivo que constriñe por medio del juego de la mirada, un mecanismo en el que las técnicas inducen los efectos del poder disciplinario; en suma, un aparato que permite una mirada que pueda ver absolutamente todo sin interrupción alguna: una mirada que ve sin ser vista. Dicho dispositivo, que induce un estado consciente y permanente de visibilidad, se puede encontrar en el Panóptico, de Jeremy Bentham, que analiza Michel Foucault. Dice el filósofo francés:

En la periferia una construcción en forma de anillo, al centro una torre, ésta con ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está dividida en celdas, tienen dos ventanas, una que da al interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y la otra que da al exterior, permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra. Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un con-denado, un obrero o un estudiante.

“Un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un estudiante” demuestra la polivalencia del esquema panóptico. En efecto, al ser un intensificador para cualquier aparato de poder, puede aplicarse dicho esquema en cualquier institución que pretenda servirse de la disciplina para un fin determinado. Es por ello que se propone el mundo de la danza como institución que utiliza la disciplina como un tipo de poder para obtener cuerpos dóciles, fáciles de dejarse enseñar y moldear como la danza lo dicte. Ésta tiene entonces su propio esquema panóptico, su propia vigilancia: el espejo, a partir del cual tendrá control sobre los cuerpos.

Con el espejo, tanto como con el Panóptico, se asegura el funcionamiento automático y desindividualizado del poder. El condenado, el obrero, el estudiante, o en este caso el bailarín, sometidos a un principio de visibilidad obligatoria, se saben constantemente observados debido a esa presencia –panóptico/espejo– sin poder verificar cuándo están siendo vigilados en realidad. Aunque el vigilante-maestro quede en la sombra o en un punto ciego, él, el disciplinado, es vulnerable y se halla plenamente expuesto a la mirada jerárquica. Los efectos de la acción de vigilancia son permanentes aunque ésta sea discontinua. Pareciera que ya no es necesaria la figura del maestro frente al alumno, sino que basta con el lugar de control: el espejo.

Al disolver el binomio “ver y ser visto”, el espejo-panóptico desindividualiza el poder. En efecto, ¿quién es ese otro que está observando-vigilando a través del espejo? ¿El maestro? ¿Los compañeros? Bentham responde: “cada camarada se convierte en un vigilante”. Poco importa entonces quién ejerce el poder, basta con que alguien se sitúe en el lugar del control y todos, bailarines vigilados y controlados, se convierten al mismo tiempo en presencias-vigilancias.

Lo más relevante a partir de ahora es precisamente la noción de vigilancia. El poder deja de residir en una persona: el vigilante o el maestro son sustituidos por su representación: lo que importa es la presencia/esencia del poder –vigilancia despersonalizada, vigilancia simbolizada. El bailarín, totalmente expuesto y vigilado sin cesar, se mantiene por tanto dentro de su sujeción, se vuelve dócil y, en consecuencia, corregible.

Otro resultado del esquema panóptico es la automatización del poder. Dice Foucault: “basta con una mirada que vigile, y que cada uno sintiéndola pesar sobre sí termine por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo, cada uno ejercerá esta vigilancia sobre y contra sí mismo”. Basta con saber que existe una mirada (jerárquica), un estado permanente de visibilidad para que el bailarín interiorice la disciplina y, por lo tanto, ejerza su autodisciplina. La “anatomía política” interiorizada guiará a los cuerpos, vigilará las posturas y corregirá los errores que en un principio haya señalado el maestro. Nuevamente, no es necesaria la figura de autoridad, basta con su esencia (el espejo) para que, bajo los efectos del espacio de poder, el bailarín se autocorrija, autodiscipline y quizás hasta autosancione. Es así como los tres aspectos del panoptismo que destaca Foucault: vigilancia, control y corrección –como dimensión fundamental y característica de las relaciones de poder que existen en nuestra sociedad–se evidencian también en una microsociedad como una clase de danza.

Para que el bailarín pueda reconocerse en ese otro del espejo tendrá que vigilarse y corregirse, tendrá que ser un cuerpo dócil –sometido y ejercitado– y sujeto a la disciplina para operar en la manera en la que se le dicta. Cuando corrija su cuerpo y éste enmiende los errores señalados, se desvanecerá la disociación con el cuerpo-reflejo del espejo. El espejo revelará entonces el cuerpo corregido, el cuerpo “educado” (domado) y se mantendrán las barreras entre ambos mundos. Sin embargo, cuando de pronto parezca que ese otro del espejo despierta de su letargo, el bailarín volverá a (auto)vigilarse •



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